09 mayo 2014

'Malditos vecinos', madurar es siempre tan difícil

Crítica publicada en Esencia Cine

El paso de la juventud a la madurez es uno de los temas más jugosos para el cine. No importa si el tono es cercano al drama o la comedia, en ambas tendencias hay múltiples títulos. En este caso, Malditos vecinos, la última película de Nicholas Stoller (Eternamente comprometidos, Todo sobre mi desmadre…), opta por la comedia ligera. Y se desenvuelve de maravilla en ese cuadrilátero.

Mac y Kelly (Seth Rogen y Rose Byrne) acaban de mudarse a una casa idílica, envuelta en la paz de un clásico barrio residencial estadounidense. El lugar es idóneo para criar a su hija recién nacida y vivir una vida sosegada y feliz en familia. Pero todo cambiará cuando una hermandad universitaria, presidida por Teddy y Pete (Zac Efron y Dave Franco), se instale en la vivienda de al lado.


A través de la guerra vecinal que se origina entre la pareja y la hermandad, los guionistas nos hablan sobre el salto generacional y el paso de la juventud a la adultez. El artefacto narrativo perpetrado por Andrew J. Cohen y Brendan O’Brien, ambos firmando su primer guión, posee un acabado ágil que hace que la película no pierda fuelle y no permita que el ritmo decaiga en ningún momento. 

El espíritu de la comedia norteamericana más reciente colea durante toda la película. Los elementos básicos del género –los jóvenes frente a los mayores, la dualidad madurez-inmadurez y la etapa universitaria– están presentes en cada fotograma de Malditos vecinos. El trío de protagonistas comparte el ánimo gamberro y, por momentos, de payasada genial de la cinta. Seth Rogen y Rose Byrne, divertidísimos y con una gran química como pareja, a un lado, y Zac Efron, en uno de los papeles más precisos y creíbles que ha realizado, en el otro, consiguen involucrarnos en la loca guerra vecinal que llevan a cabo.

Las bromas de referencia cinéfila y seriéfila son el punto más fuerte en el aspecto cómico del film. Tony Soprano, Walter White, Don Draper –ese calendario seriéfilo con fotos del bebé que sirve de epílogo a la película– y otros personajes, tanto del cine como de las series, son objeto de sátira y chascarrillo a lo largo del metraje. Por no hablar sobre la fiesta de disfraces con temática Robert De Niro, una de las secuencias más divertidas de los últimos años.


Malditos vecinos, en cambio, no es sólo la comedia absurda que podría parecer a simple vista. A lo largo de la película, tanto los guionistas como el director, consiguen deslizar un mensaje que reflexiona sobre la madurez, el crecimiento personal y la aceptación de la vida adulta. Nichollas Stoller se permite lanzar una cierta mirada nostálgica hacia la juventud perdida e incluso hacia el amor desde la perspectiva de dos adultos que acaban de ser padres y han aceptado que su rol ya no es el de antes. “La única fiesta en la que quiero estar es en esta”, le dice Mac (Seth Rogen) a Kelly en la cama, aceptando por completo que su etapa juvenil ya ha concluido. En ese juego de aceptaciones radica el éxito de la propuesta. Y lo hace porque los adultos no son los únicos que capitulan. También hay una admisión del fin de una etapa y el inicio de otra, con todos los miedos e inseguridades que eso conlleva, en los protagonistas jóvenes. Bajo la batalla que libran los personajes se esconde algo mucho más profundo, aunque Stoller lo lleva de forma brillante hacia el lado festivo.

La película del director norteamericano está llamada a ser una de las comedias más importantes del año. Cada uno de los gags que suelta sin descanso nos hacen reír hasta tener agujetas, pero según se acerca al final, o incluso ya concluida, algo empieza a calar un poco más hondo y entendemos lo que se nos cuenta. Y, por si fuera poco, todo lo hace en una hora y media, que también se agradece.

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