29 abril 2014

'Aprendiz de gigoló', ligera transfusión Allen-Turturro

Crítica publicada en Esencia Cine


La discreta vida de Fioravante (John Turturro), un florista que coquetea con la ruina, entra en efervescencia cuando conoce la propuesta de su amigo Murray (Woody Allen) para ganarse la vida. Como la de muchos de nosotros, su vida cambia por completo con la irrupción del cineasta, convertido en un personaje que no es otro que él mismo.

El viejo Murray recibe la petición de su doctora para que encuentre a alguien con quien cumplir la fantasía del menage a trois junto a una de sus amigas. Murray, auspiciado por el bajo momento económico que sufren, piensa en seguida en Fioravante, que además tiene un extraño poder de seducción –demasiado extraño, de hecho, y ciertamente poco creíble– con las mujeres. 

Con un guión evidentemente influenciado por el cine del propio Woody Allen, Turturro nos adentra dentro del barrio judío de Nueva York para contarnos la vida de este gigoló que no concibe el sexo sin amor. Su escritura está repleta de bromas médicas, sexuales y sobre la comunidad judía (a la que ambos pertenecen). Hay líneas que podría haberlas escrito el director neoyorquino para alguna de sus películas. Aprendiz de gigoló adquiere el tono de una comedia romántica y da paso al típico juego de enredos, aventuras y desventuras, que alcanzará su máximo exponente cuando entre en la ecuación Avigal (Vanessa Paradis), la viuda de un rabino, a la que perseguirá y sobreprotegerá un policía de la patrulla vecinal encarnado en un Liev Schreiber –sí, Ray Donovan– pasadísimo de rosca, Kipá incluida.


La influencia del cineasta de Manhattan no se reduce sólo a los aspectos del guión, sino que trasciende a otros aspectos como determinados usos de la música (ese jazz con el que se nos presenta la película) o los tratamientos de imagen –una particular declaración de amor– con los que se introduce Nueva York como centro espacial de la acción. 

El film de Turturro funciona mucho mejor cuando el viejo Allen permanece en pantalla. Con un personaje delineado para su lucimiento, el cineasta, en este caso actor, brilla y se luce con sus alocadas reflexiones, sus deliberaciones atropelladas y sus ideas tan efectivas como surrealistas. En el momento en que él desaparece de la escena y el peso de la película recae en el resto del reparto, el conjunto pierde fuerza. El personaje lacónico de John Turturro, la antítesis del de Allen, contrarresta todas las fuerzas que ejerce Murray. Fioravante se convierte en un tipo soso, con poca gracia y muy marcado por los designios de Murray, del que deseamos que no desaparezca nunca del encuadre. 

Por su parte, el elenco femenino tiene un protagonismo menor de lo esperado y, por consiguiente, no brilla como correspondiera. Quizás Vanessa Paradis sea la que más jugo extraiga de su personaje, una mujer mucho más comedida que en otros de sus papeles (Los seductores, por ejemplo), pero que simboliza un retrato (con mucha comedia negra) sobre los pliegues y contradicciones de la comunidad judía a la que pertenece. La doctora Parker y su amiga Selima, las dos mujeres que dan pie al surrealista plan de Murray, quedan relegadas a un sorprendente segundo plano hasta el desenlace. La voluptuosa y televisiva Sofía Vergara sirve exclusivamente a un cómico baile con Turturro, mientras que Sharon Stone no pasa de ser el mero desencadenante de la historia.

Aprendiz de gigoló es, por lo tanto, una película sustentada por el vigor interpretativo y la comicidad de su protagonista estrella. El Turturro guionista se empapa de las líneas hilarantes de Woody Allen para presentar una cinta ligera, con una gracia natural muy sutil y con un estelar reparto que, si bien no reluce tanto como pudiese, no deja la propuesta en mal lugar.

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