02 mayo 2015

'Qué extraño llamarse Federico', carta de veneración a un amigo

Crítica publicada en Esencia Cine


Por si la frontera entre el documental y la ficción no estaba lo suficientemente poblada, se suma a esa amalgama de películas que bordean los géneros el director Ettore Scola con Qué extraño llamarse Federico. Sin embargo, antes de meterse en faena de analizar en qué subgénero se puede incluir esta obra, conviene aclarar que es, antes que cualquier otra cosa, una declaración de amistad que toma la forma del homenaje.

Scola retrata la vida y obra, más la primera que la segunda, de su amigo del alma Federico Fellini. El film no esconde en ningún momento su espíritu evocador del cineasta, ni su admiración, que pregona a los cuatro vientos a través del recuerdo de una de las figuras más relevantes para la cinematografía italiana. Todo se encamina a engrandecer, si es que el verbo no es un mero epíteto con Fellini, la imagen del director de La dolce vita.


La permeabilidad genérica es constante. Ettore Scola transgrede aún más la barrera genérica, presentando una película con vocación documental que apenas tiene imágenes de archivo (más allá de algunas del funeral de Fellini, el propio uso de su obra o algunas fotografías del pasado de ambos). Sin embargo, a esa vocación documental le añade elementos propios y conscientes de la ficción. La dramatización se percibe desde el narrador que se sabe consciente de la cámara, que se incrusta dentro de la acción representada e incluso interacciona con ella, hasta el uso del color y la iluminación como recurso dramático o la recreación constante en la que se convierte la documentación de archivo, que llega a ser interpretada por actores que encarnan a los protagonistas del relato y a las personas que rodearon a Fellini en vida. 

Pese a reconocer, a través de la boca del autor transalpino, que ni siquiera él mismo reconoce qué significa el “estilo felliniano”; Scola se adhiere a una corriente estética que, por momentos, trae a la mente algunas obras del creador. El abrumador uso final de imágenes de la filmografía del director no es más que la constatación del intento por parte de Scola de imitar su estilo “excesivo” para homenajear su genio. Y para evocar su espíritu, latente todavía hoy por esa Cinecittà que también recuerda con nostalgia el film de Scola.

Se podría hablar de Qué extraño llamarse Federico como una docuficción cómica. Scola ha pervertido ambos géneros para crear un híbrido que rememora, constata y ofrece información privilegiada (a través de la narración de su amistad, desde los primeros pasos en el diario Marc’Aurelio hasta el final) sobre la figura de Federico Fellini. La obra de Ettore Scola es un delicioso juego de espejos en el que se ven reflejados la amistad que los unió, las vivencias que experimentaron juntos y, finalmente, la admiración que despertó en él, y por extensión, en todo un país el director de películas tan canónicas como Roma y Ocho y medio.

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