15 junio 2014

'Violette', de artistas olvidadas

Crítica publicada en Esencia Cine


Cuando en 1964 La bastarda se convirtió en un éxito literario, Violette Leduc había experimentado un proceso creativo, acompañado de una evolución personal, duro y lleno de complejidades. Auspiciada por una escritora como Simone de Beauvoir, adalid de los movimientos feministas, crecientes en la época, la escritora se convirtió en una de las voces de protesta más fervorosas e incansables de Francia.

Martin Provost se sumerge en la personalidad espinosa de esta mujer para crear una historia que habla de la superación personal y de la amistad entre dos mujeres que se adelantaron al tiempo que les tocó vivir. El cineasta apoya todo el peso de la película en las dos interpretaciones principales: Emmanuelle Devos, como Violette; Sandrine Kiberlain, como Simone de Beauvoir.


Su guión es excluyente con voluntariedad. Varios hombres aparecen a lo largo de la película, por supuesto, siendo mencionados nombres como Jean Paul Sartre, Albert Camus o Jean Cocteau. Sin embargo, ninguno aparece en la pantalla; si acaso un Jean Genet que llega en dos momentos puntuales para la película y la protagonista, y Jacques Guerin, quizás el hombre más importante para Violette. Provost cede conscientemente todo su metraje a las mujeres para realizar un film que habla sobre su lucha en los años sesenta.

No obstante, pese a disponer de un argumento potente y una historia muy interesante, la película flojea en determinados aspectos. El metraje es excesivamente elevado y las dos horas y veinte minutos no se justifican con lo que se nos cuenta. Podía haberse contado esta historia en bastante menos tiempo. La extensión de la cinta conduce a momentos de absoluto tedio y conversaciones alargadas en las que la sensación de estancamiento se adueña de la escena. 

Emmanuelle Devos se apropia de un personaje complejo e histérico. La interpretación de la actriz consigue tocar la fibra en algunos momentos, tanto como sacar de quicio en otros, igual que la propia figura de la escritora. Por su parte, Sandrine Kiberlain completa un convincente trabajo, encarnando a una de las personalidades más seductoras del siglo XX francés.

Provost vuelve a recuperar una artista casi olvidada, igual que hizo en Seraphine; y lo vuelve a hacer centrando todo el foco de su película en las interpretaciones. Violette es, por tanto, un biopic extenso, bien llevado por momentos, pero fallido y plomizo en otras ocasiones. La personalidad y la dureza del carácter de Violette Leduc quedan perfectamente retratadas en el film, al igual que su brillantez sobre el folio en blanco. La intensidad que rodeó su existencia también, quizás en exceso.

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