01 agosto 2014

'El árbol magnético', retrato silencioso

Crítica publicada en Esencia Cine


Es difícil encontrar algo más magnético que un retrato familiar antiguo. Ese retener el tiempo que sólo pueden expresar las fotografías con cierto número de años a su espalda. La abuela, generalmente sentada; los primos, en comandita; los matrimonios, juntos como si fueran un grupo indivisible; y los niños, los niños que siempre se encargan de dar alegría en las fotos y en la vida. En un momento, casi al final de El árbol magnético, la familia protagonista se hace un retrato en las puertas de las casas, una fotografía que, vista por un extraño cien años más tarde, despertaría probablemente el mismo resplandor mágico que las imágenes anticuadas del siglo XIX y primeras décadas del XX de las que nos quedamos prendados ahora nosotros.


No es casualidad que comience esta crítica hablando de magnetismo. Más allá de su título, la película de Isabel de Ayguavives, coproducción hispanochilena, alberga cierto hálito de fascinación hipnótica. Bruno regresa a Chile tras una larga estancia en Alemania y, más recientemente, en España. Cuando aterriza le espera un encuentro con toda su familia en la casa de campo en la que creció junto a sus primos. Los recuerdos invadirán en seguida su memoria y su estado de ánimo. Y por extensión el film.

La visita al árbol magnético, un solitario y atractivo árbol con propiedades singulares, despierta los recuerdos de infancia y adolescencia de Bruno, que vuelve en el tiempo de la mano de su prima Nela (sin duda el personaje más atractivo del elenco). La directora completa un retrato mínimo e íntimo de la familia a través de la historia del emigrante que regresa a sus raíces desde España. En esa radiografía familiar juegan un importante papel los silencios y las elipsis, en lo que supone un juego destacable de guión. La escritura de la película, a cargo de la propia cineasta, es un derroche de delicadeza, secreto y sugerencia (con un par de bellísimos planos de Bruno y Nela que son el fiel reflejo de esa sutileza).

Isabel de Ayguavives otorga a su historia un ritmo lento, pausado, como la laguna en la que se bañan sus protagonistas, que, situada en la mitad de un río, hace avanzar el agua pese a la apariencia de quietud y estancamiento. Así es El árbol magnético, una película que engrana la realidad y la aspereza propia de la misma (la historia secreta de la abuela, la venta de la casa familiar) con un lejano vértice del realismo mágico (el árbol magnético como pilar de resistencia de la memoria). La cineasta completa una cinta que por momentos se vuelve algo densa y tediosa, pero cuyo retrato central de la familia bien merece los 85 minutos de metraje. El árbol magnético es un film sereno, que habla más cuanto menos dice; un elegante y evocador retrato de un momento y un tiempo a través de la fotografía dinámica de esa familia que la protagoniza.

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