27 febrero 2015

'Kingsman', gentlemen sin armaduras

Crítica publicada en Esencia Cine


Gladiadores en traje. Así se hacen llamar los trabajadores del servicio secreto que capitaliza Olivia Pope en la teleficción Scandal (ABC, 2012-actualidad). En una línea del guión de Kingsman: Servicio secreto Colin Firth explica al nuevo candidato (Taron Egerton) que ellos son los nuevos caballeros y que no tienen otra armadura que sus trajes. La definición del protagonista para los kingsman guarda muchas similitudes con la que utilizan los personajes de la serie de Shonda Rhimes para reivindicarse como colectivo necesario. La similitud, buscada o no por Matthew Vaughn, no es, en ningún caso, baladí. Detrás del juego de espejos entre el cine y la televisión se encuentra uno de los temas centrales de esta obra: el relevo generacional en el cine de espías e intrigas políticas. Tal vez este salto generacional quede expresado de una manera más evidente aun en la broma central del film, que aúna tres nombres de agentes como James Bond, Jason Bourne y Jack Bauer, y por extensión, la expresión gráfica de ese progresivo cambio de referentes generacionales que, en la cinta, personalizan Colin Firth y Taron Egerton.

No hay quien se crea a Kingsman, ni falta que le hace. Vaughn se deja llevar continuamente por el exceso como estilo narrativo y a fuerza de ello consigue un tono gamberro y bastante subversivo. En términos algo coloquiales se podría definir el film como una maravillosa locura, que homenajea, como decíamos, el cine de espías de los años ochenta y noventa. El ritmo, siempre in crescendo, es la herramienta más feroz del narrador. Las imágenes se suceden unas a otras con una vertiginosidad que mantiene al espectador con los ojos fijos en la pantalla. Ayuda a la consecución de este ritmo la cierta gamification que vertebra la historia, a través de la que los protagonistas tienen que ir superando envites y “pruebas” como si de un videojuego se tratase. Entretanto, las bromas, los chistes y los guiños. Desde Obama hasta el cambio climático (esbozado como suculenta excusa para crear un villano a la altura), pasando por la realeza sueca, poco escapa a la caricaturización mordaz de Kingsman.


El cineasta se adhiere a una presentación de hechos y situaciones mediante el exceso. Todo resulta, en cierto modo, desproporcionado. Tanto los propósitos criminales –fundamentados en una suerte de macabra filantropía– del villano interpretado por un divertido Samuel L. Jackson hasta la última escena protagonizada por un Taron Egerton ya fuera de rosca y una princesa sueca en estado de total rendición; Kingsman está rodada con un prisma canallesco –en el mejor sentido de sus acepciones– que aporta frescura al género que revisita. Ese halo de cambio generacional que se traduce, en cierta manera, a los códigos.

Vaughn ha creado una obra lúcida desde su pretendida exageración; una película que aúna una forma procuradamente rimbombante con un sutil mensaje sobre el salto generacional, tanto en las películas como en los destinatarios de las mismas. En definitiva, un 007 a la moderna en el que Colin Firth –quizás el caballero británico por excelencia– brilla junto a Mark Strong y cede el testigo a las nuevas generaciones –las de Jack Bauer– representadas por Egerton.

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