25 septiembre 2015

'The D Train', lo innato de perder

Crítica publicada en Esencia Cine


La mayor derrota puede ser un triunfo. Sobre todo un triunfo mal entendido. En The D Train (Jarrad Paul y Andrew Mogel, Estados Unidos, 2015), la trama gira en torno a dos personajes que compartieron su época de instituto: un triunfador y un loser. Todo se activa cuando, veinte años después, el segundo trata de convencer al primero para que acuda a la reunión de antiguos alumnos que ha preparado, con el fin de cosechar una pequeña victoria de cara a sus compañeros y demostrar que ha cambiado algo desde aquella época. Su intención de conectar con el antiguo alumno popular le conducirá a una noche de desenfreno que, repentinamente, cambiará su vida.

Sin embargo, tras la capa de barniz en forma de comedia facilona –que The D Train no deja de ser en algunos tramos–, los directores esconden un rastro de amargura. El retrato del protagonista, Dan, no deja de ser en ningún momento la imagen de un solitario irremediable, un perdedor innato que no se conforma con su agradable vida familiar con mujer e hijos y necesita algo más, un pequeño empujón que le haga quererse a sí mismo. Figurar, en definitiva, en todo lugar posible para adquirir la relevancia que, frente al resto de personas, siempre le ha esquivado. Dan es como la figura del “blitz” que trajo la serie How I Met Your Mother (CBS, Craig Thomas y Carter Bays, 2005-2014), una persona que, por suerte ajena, siempre se pierde los acontecimientos especiales por estar en otra sala, por no haber estado en esa fiesta o por haber salido en el momento equivocado.


Pero cambiar esa corriente es muy difícil, por mucho que se intente, y la situación puede llegar a ser desesperante si se le da mucha importancia. Es lo que le ocurre al protagonista de The D Train, que hace todo lo posible por terminar siendo popular, poniendo en riesgo, incluso, a su entorno familiar y profesional. La película de Paul y Mogel adquiere en estos momentos cierto tono melodramático, acompañada de las notas musicales de Andrew Dost, que dotan de cierto aire tristón y amargo a la comedia. En cambio, el film juega con la diversidad tónica y, en seguida, estos momentos pasan de nuevo a la comedia algo gamberra protagonizada por la pareja formada por Jack Black y James Marsden. Los directores eligen filmar a los dos amigos como si fuesen una pareja de novios, con sus idas y venidas en la relación, lo que aporta un cierto cariz ridículo a la producción, en consonancia con los anhelos y los movimientos torpes que realiza el protagonista para llevar a cabo su misión. 

El equilibrio entre esa gama tonal lo hace posible la actitud camaleónico de Jack Black, idóneo para la mezcla de situaciones nostálgicas tanto como para los momentos de tristeza. Su capacidad frente a la cámara y su resistencia a lo rocambolesco le permiten dar vida a personajes excéntricos, algo que ya ha demostrado sobradamente de la mano de Richard Linklater, protagonizando obras como Escuela de Rock (2003) o la recientemente estrenada Bernie (2011), en la que el personaje guarda ciertos parecidos con este Dan. 

No obstante, el giro final empaña todo el trabajo anterior con una voz en off de tono moralista que se puede interpretar como un mensaje conservador y ciertamente conformista en torno al núcleo familiar y la renuncia a los pequeños triunfos más allá de la puerta del hogar. Sinceramente, quien esto firma prefiere quedarse con uno de los mensajes que vertebran todo el metraje anterior al giro. A veces no hay mayor triunfo que aprender de una derrota. Ni peor derrota que el triunfalismo mal digerido.

0 comentarios :

Publicar un comentario