03 julio 2015

'Aprendiendo a conducir', conversación al volante

Crítica publicada en Esencia Cine


El ser humano es esa extraña especie que, en momentos de cambio, se lanza a hacer cosas nuevas que, probablemente, nunca había pensado que haría. Es lo que le ocurre a Wendy (Patricia Clarkson), que mientras ve cómo su matrimonio se va a pique, decide sacarse el carnet de conducir en una autoescuela de Nueva York. Allí conoce a Darwan (Ben Kingsley), el profesor, y se establece un vínculo de amistad cada vez más fuerte entre ellos. El guión de Sarah Kernochan en el último encargo de la cineasta Isabel Coixet no tiene mayor misterio que ofrecer una salida dialogal a dos personajes con vacíos internos importantes. Y como tal, Aprendiendo a conducir goza de mayor frescura cuanto más cerca se sitúa de la pareja protagonista. La química entre Clarkson y Kingsley –interpretando esta vez a un hombre indio; este actor es una mina para las nacionalidades– se instituye como el pilar básico de todo el film. Consciente de ello, Coixet desliza sus intentos de ofrecer algún toque de estilo en estas secuencias. Ante la fragmentación de planos del resto, que saltan generalmente del frente a la espalda de los personajes de forma constante, la directora trata de aportar soluciones formales distintas en los diálogos Kingsley-Clarkson, como el paneo lateral de rostro a rostro. 


No obstante, la evidencia del dispositivo narrativo, con giros de guión anunciados desde los primeros compases y con cierta brusquedad en su realización, convierten Aprendiendo a conducir en una película excesivamente convencional y con un ritmo tal vez más pausado de lo necesario. El cruce de culturas, el enfrentamiento de personalidades complejas y contrarias, las diferencias a la hora de ver el mundo desde los ojos masculinos y femeninos, así como los fantasmas de la inseguridad y el miedo a la soledad se deslizan de forma constante dentro de los límites del encuadre de Coixet, que los recoge, los alimenta y vuelve a lanzarlos a la palestra alternando su forma entre el chiste y la conversación trascendental maestro-alumna. Así, el histrionismo de los personajes circula pasivamente hasta un final que, en cierto modo, rompe con la convencionalidad que había regido el resto del relato hasta el momento, ofreciendo una nueva salida más interesante que la que el espectador, seguramente, estará planteándose a esas alturas del metraje.

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