17 julio 2015

'Amy', la sonrisa imperfecta

Crítica publicada en Esencia Cine


Tal vez el fotógrafo Terry Richardson supo ver por encima de la artista y por eso la fotografió para la revista Spin semidesnuda y entre cristales de espejo rotos. Frágil. El resultado final es una instantánea en la que Amy Winehouse acaricia su abdomen con uno de esos cristales rotos de forma inocentemente amenazante; una metáfora de su propia existencia, punzante, entre el placer y el dolor, siempre con la amenaza de un destino inminente a la vuelta de la esquina. Así la retrata Asif Kapadia en su documental Amy: ni más ni menos que como lo que era, la mejor artista de los últimos años. Y quizás también la más autodestructiva.

El acercamiento a la cantante que ofrece el director no ofrece respiros ni espacios acondicionados para la habitabilidad. Amy es un retrato sin concesiones, nada complaciente, sobre la voz más imponente del siglo XXI y sobre los demonios internos –y no tanto– con los que lidiaba y convivía. Winehouse fue lo más cercano a lo que debería de ser una artista: una persona preocupada por cantar, nada más. Un talento que no se casó con nadie, pero que pudo ofrecer un perfecto matrimonio artístico con cualquier figura de la canción, desde la gran voz masculina del jazz Tony Bennett hasta raperos como Mos Def, Nas o Ghostface Killah. Y así la recoge el autor del film. Ni más ni menos; Kapadia ni glorifica ni demoniza, solo exhibe. 

El cineasta huye de la hagiografía a través de una documentación exquisita en la que predominan los videos caseros de la artista, las fotografías y las declaraciones de su entorno más cercano. De esta forma, el director de Senna compone un retrato desde la admiración, pero sin rehuir en absoluto los asuntos más espinosos y cortantes. Al fin y al cabo, también podemos amar a quien se autodestruye. Si no, ¿cómo íbamos a poder enamorarnos de aquellos que nos destruyen a nosotros? De eso también habla el film, de que Amy Winehouse, además de autodestruirse, contó con la importante ayuda involuntaria de su entorno (su relación con Blake Fielder-Civil tal vez sea el mejor ejemplo) para llegar hasta ese punto de no retorno.


De esta manera, entre materiales de archivo y una narración propia, los cristales rotos a través de los que la fotografió Terry Richardson se unen como una línea de puntos para devolver una imagen íntima y dolorosa de Amy. El rostro de Winehouse pasa constantemente de la broma y el juego a la expresión perdida propia del abuso de drogas y alcohol. Eso sí, sorprenden las escasas ocasiones en las que la cantante borraba su imperfecta sonrisa del rostro. En Amy pasan por la pantalla sus mejores momentos, pero también los más bajos, y en todos pone la piel de gallina (especialmente cuando muestra la grabación del single Back to black). Y nunca, ni en éxitos ni fracasos, la cantante elimina esa mueca de sonrisa con la que parecía desafiar al mundo en su totalidad. En mitad de todo, una terrible declaración de su mejor amiga quizás dibuje en un solo plano el mejor retrato jamás tomado de Winehouse; la artista acaba de recibir un Grammy, está desintoxicada, y, entre el jolgorio de todo su entorno, se acerca a su amiga y le escupe un crudo: “Esto es un rollo sin drogas”. Pura Winehouse; el ángel y el demonio, lo celestial y el infierno autogestionado. Ese back to black que siempre ofrece una drástica alternativa de escape ante la fama que devora a sus hijos.

El film de Kapadia ofrece a los que ya lo hiciesen un lugar desde el que volver a idolatrar a la artista, con todas sus aristas, pero también una certera visión total para aquellos que no hayan tenido la suerte de conocerla mientras vivía. Amy es una gran fotografía de esos ojos profundos y esa voz desgarrada, que a pesar de apagarse un 23 de julio de hace ahora cuatro años serán eternos. Una irrupción musical que cambió el panorama del soul y el jazz, a la que el mismo Tony Bennet quiso equiparar, ni más ni menos, que a Billie Holiday. Por eso quizás quien esto firma –permitidme una breve personalización– recuerde con exactitud el día en el que tuvo el primer contacto con la música de Winehouse: una mañana de domingo en la que apareció, de repente, como fue su llegada al top musical, en la televisión acompañada de dos bailarines con su mezcla soul, jazz y ska. Más tarde conocería ese era el concierto en el Stepherd’s Bush Empire londinense y lo vería completo varias veces con la sensación de estar ante alguien grande. Desde entonces hasta el día de su muerte –otro de esos días que uno recuerda con exactitud de detalle–, una relación de amor rota por la querencia constante a la autodestrucción. Quebrada como esos cristales con los que jugaba en la sesión de fotos de Richardson. Una vida en el filo del placer y el dolor, de la fama y sus consecuencias, del cielo suave de una herida en la voz al infierno permanente de su muerte.

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