05 diciembre 2014

'Exodus', ¿dioses? y reyes

Crítica publicada en Esencia Cine


Cantaba Bob Marley en su tema Exodus, del álbum con idéntico título que grabó en 1977: “Movement of Jah people […] We’re leaving Babylon for going to our Father land”. En la cultura reggae Babylon se refiere a todo imperio que someta a un pueblo. Evidentemente, el mensaje de Marley en la canción es claro y ruidoso y alude al éxodo hebreo hacia Canaán, que también se convierte en el tema central de la nueva obra de Ridley Scott, con la que además comparte nombre. 

Se puede leer Exodus: dioses y reyes desde múltiples perspectivas. La política, la religiosa, la social… incluso desde la actualidad más inmediata se pueden extraer ciertos significantes. Ridley Scott dirige un guión con ciertas lagunas (réplicas bastante débiles, giros previsibles, etc.) y lo lleva con acierto al terreno de la acción y la confrontación de ideas y ejércitos.

A través de una puesta en escena lóbrega y árida, el cineasta se adentra en la esclavitud del pueblo israelí bajo el yugo egipcio para dar comienzo a la historia que vertebra el film: la relación fraterna de Ramsés (un Joel Edgerton demasiado plano) y Moisés (Christian Bale). Gracias a unos planos generales impactantes, Scott se permite mostrar las construcciones, las obras públicas y las tareas del pueblo israelí en suelo egipcio para justificar la reacción posterior. “Construyeron sus monumentos, construyeron su gloria”, narra uno de los rótulos que da inicio a la película.


Se podría dividir la película en dos mitades; en la primera hora la cámara de Scott se dedica a mostrar la vida de Moisés como príncipe de Egipto, mientras que la segunda mitad hace lo propio con el destierro, el retorno, la liberación y el regreso del pueblo israelita a la Tierra Prometida. Los pliegues emocionales de Ramsés y la construcción de la hermandad con Moisés (simbolizada en un par de espadas entregadas por el faraón) dan paso al desafío entre ambos cuando este muere y tiene lugar la confrontación y separación entre ambos. 

Ridley Scott opta por contraponer siempre dos posibilidades, dos ejércitos, dos ideas: Egipto contra el pueblo israelí, Dios contra la explicación racional de los fenómenos. Si en otras películas no hay opción a la duda, en Exodus se imprime un cierto halo de oscilación a las justificaciones de Dios. Para comenzar, la primera vez que Moisés lo ve tiene lugar mediante una ensoñación después de recibir un fuerte golpe en la cabeza. No es la única vez que se cuestiona esa “existencia” o no de la deidad: en diversas escenas se muestra al personaje de Aaron Paul espiando a un Moisés que habla sólo, convencido, eso sí, de que está viendo a Dios. El espectador, por su parte, sólo puede verlo en determinadas ocasiones, teniendo así la última decisión sobre su propia creencia. Por otra parte, en tanto y cuanto a las plagas, existe un personaje que, a lo largo del film, proporciona una serie de justificaciones más o menos racionales a su aparición supuestamente divina. No es Exodus, por lo tanto, en ese sentido, una película dogmática y de una única dirección, sino que permite el diálogo y la réplica. 

La evolución de Moisés en la segunda parte de la película transcurre desde un cierto agnosticismo (“¿Nuestro Dios no nos deja subir montañas?”) a una entrega total a la divinidad y su voluntad. En este caso, la figura divina es representada por un niño, quizás la figura más inocente en el imaginario colectivo, que, en cambio, actúa movido en muchas ocasiones por la venganza y la muerte. ¿Cuestionamiento? ¿Y si es así, cuestionamiento de la fe en sí misma o hasta de los actos cometidos en su nombre? La película de Ridley Scott desliza ciertos mensajes que se pueden extrapolar a la actualidad (la brutalidad del pueblo israelí para con el palestino en nombre de Dios y la Tierra Prometida, por ejemplo). “¿Qué clase de fanáticos adoran a ese Dios?”, replica Josué –el personaje más desmarcado– a Moisés, cuestionando así las directrices que este “recibe” de la divinidad. 

El apartado técnico, por su parte, dispone una puesta en escena oscura, más cargada de muerte según avanza el metraje. La acción, luchas entre ejércitos, persecuciones en el desierto, gana en espectacularidad hasta llegar al episodio bíblico del mar y las aguas abiertas, apenas creíble por la evidencia del uso de efectos. Sin embargo, Exodus funciona como un conjunto que entreteje la acción más epidérmica con cierta profundidad en sus mensajes, sobre todo en la segunda parte, en la que el pueblo judío huye. “We know where we're going; we know where we're from”, seguía cantando Bob Marley en su personal Exodus; de Egipto a Canaán, de la esclavitud a la libertad.

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