09 julio 2012

El estilo frente a la trama

¿Es más importante el estilo o la trama de una obra? 

Seguramente habrá partidarios de las dos opciones. Y es muy probable que para los unos, los otros se hayan vuelto locos, y viceversa. Hay gustos para todo y ninguno tiene por qué tener necesariamente más razón que otro. 

Particularmente pienso que el estilo lo es todo y que está por encima de cualquier otra variable. Mi justificación a esta afirmación es sencilla. Una obra en la que predomine un estilo acorde a nuestros gustos puede convertirse en una obra de cabecera pese a que su trama sea simple o trivial. Sin embargo, una obra en la que la trama sea muy elaborada, pero no tenga un ápice de estilo, está condenada por norma a la segunda fila de la estantería. 

Existen muchos autores que apoyan en esta teoría todo el conjunto de su obra. Escritores que repiten sus tramas constantemente, pero cuyas novedades se siguen esperando como si fuesen la primera. Su sello es el estilo. Un ejemplo muy claro de esta preponderancia del estilo es el novelista Patrick Modiano, uno de los referentes de la narrativa francesa contemporánea. Las obras de Modiano presentan siempre tramas similares (un hombre que no se encuentra a sí mismo, el personaje de una mujer misteriosa, escenarios muy particulares), pero, sin duda, lo que más cautiva a los lectores es esa seña de identidad, esa atmósfera de misterio, que crea con su particular estilo. 

Es sólo un ejemplo. Existen muchos autores que se caracterizan por su estilo más que por sus argumentos. Al fin y al cabo las tramas son repetidas a lo largo de los años, tramas aparentemente diferentes bajo las que subyacen las mismas líneas argumentales repetidas una y otra vez. El estilo, en cambio, no. El estilo es diferente en cada autor. Dos – o más- autores podrían escribir una obra de tema común, pero su estilo determinaría un resultado completamente dispar en cada uno de los textos. De hecho, la aceptación seguramente variase de uno a otro, según las preferencias estilísticas del público. 

La trama en este caso queda en un segundo plano. Es importante, claro, pero no determinante. No es el factor que nos va a hacer permanecer enganchados a una obra. A lo largo de mis años como lector (unos pocos ya) he tenido libros de los dos tipos. Libros con argumentos potentes e interesantes que no he podido terminar por culpa del estilo y, lo contrario, libros con argumentos poco atractivos o muy trillados que me han mantenido en vilo gracias al estilo de la obra. El último ejemplo de este tipo de novela con el que me he encontrado ha sido Tokio Blues de Murakami, una novela cuyo argumento no estaba enganchándome –ni lo consiguió nunca-, pero que me sedujo con el suave estilo del japonés. 

Personalmente creo que la trama es la herramienta del best-seller, pero el estilo lo es de ese otro tipo de literatura, más especial, que pretende alejarse de dicha corriente. Los escritores tienen un estilo propio, lo labran durante toda su carrera y quizás sea la parte más complicada de su labor. Pero ese estilo, cuando se alcanza, perdura en el tiempo por encima de la trama.

16 junio 2012

Los buenos y los malos

Buenos y malos. En la vida, como en las historias, siempre se tiende a categorizar todo en bueno o malo. España –y quién sabe si no la humanidad- no tiene punto medio. 

La última novela de Fernando Aramburu, Años lentos, descategoriza por completo a sus personajes y, por tanto, esta afirmación. La historia sitúa a una familia en el País Vasco de los sesenta, los años del origen de ETA. Son muchos los personajes que desfilan por las páginas del autor, y el desarrollo, que nos lleva a categorizarlos y deshacer nuestra opinión constantemente, no permite al final determinar buenos y malos. 


Está la niña puta que se tira a todo lo que se mueve, para deshonra de la familia (hay que tener en cuenta que hablamos de los sesenta); la madre que antepone un hijo frente a otro, el padre pasota que soluciona –u olvida- todo en el bar (muy española la actitud), y el cura cabrón y nacionalista que come el coco a los chavales para inculcarles el patriotismo vasco y, por último, el chico, que poco a poco se abraza a ETA. 

La historia les dará a todos un vuelco; ninguno llega al final de la historia en la misma situación que la comenzó. Nadie es bueno, ni malo. Y todos, en algún momento, lo son: tanto las personas ideales como los soberbios hijos de la ira –por no decir nada peorsonante

La vida es igual. Aramburu nos enseña que no existen buenos y malos para todo. Cada cual tiene unos motivos que lo explican todo. La famosa frase de Ortega y Gasset “Yo soy yo y mis circunstancias”. Y así es. Nuestros motivos, por agrios, toscos e ilegítimos que puedan ser, no tienen por qué convertirnos sólo en buenos y malos. Es todo mucho más complejo que una simple etiqueta.

24 mayo 2012

1984 / 2012: Big Brother is watching you



Todavía con mi periplo londinense fresco y cercano en el tiempo, me paro a pensar en la sociedad distópica que propone George Orwell en su obra cumbre 1984, versionada en otros títulos como Person of Interest

Las ventajas/inconvenientes de la tecnología es un tema que me hace reflexionar a menudo. No hay nadie que dude que la escalada tecnológica nos ha procurado un incomparable marco de comodidad y de bienestar nunca antes conocido. Eso es cierto y creo que poca gente lo discutirá. 

Sin embargo, utilizada de otras maneras, esta misma tecnología nos puede convertir en esclavos de un sistema sobrevigilado y estigmatizado por la entrada de estos productos y la consiguiente creación de nuevas medidas de control sobre (y mediante) ellas. 

Londres es la ciudad en la que Orwell sitúa su distopía autoritaria y ultravigilada en el año 1984. Cuando recorría las calles o el metro de la capital, no podía parar de pensar en el paralelismo entre la ficticia Londres de Orwell y la actual, que ya espera de brazos abiertos la inauguración de los Juegos Olímpicos, que traerán –como no podía ser de otra manera- un notable aumento de la seguridad. 

En cada esquina, una cámara. La red de ojos CCTV is watching you. Existen más de 40000 cámaras de videovigilancia, que graban a cada persona una media de 300 veces al día, según un informe de la plataforma de derechos civiles Big Brother Watch (BBT).

One nation under CCTV; Banksy.
Tiempo atrás, argumentos de ciencia-ficción como los de V de Vendetta, 1984, ambas situadas en Londres, o la ya citada Person of Interest, que muestra una ciudad de Nueva York constantemente vigilada, quedaban muy alejadas de la realidad. Sin embargo, a día de hoy, están más cerca de poder concretarse algún día. Es más, en Londres, hoy, ya es difícil encontrar una posición en el exterior en la que ninguna cámara tenga alcance –mayor o menor- a tu posición. La frontera entre el espacio público y el privado se difumina, y con ello el término sajón privacy, que pierde su connotación. 

“Los británicos han aceptado sumisamente todo, desde las cámaras de televisión de circuito cerrado hasta la vigilancia más invasora de la intimidad, en lo que ahora es la democracia más autoritaria y ‘sobreinformada’ del mundo”, escribe Tony Judt en su última obra Algo va mal (2010).
  
La sociedad panóptica de la que habló Michel Foucault en Vigilar y castigar, basándose en el modelo de prisión ideado por Jeremy Bentham en 1791, está a la orden del día. Bentham hablaba de una cárcel en la que una torre central tiene la capacidad de vigilar a cada uno de los presos, que no sabe cuándo es observado, destruyendo así el dualismo ver-ser visto. Decía Foucault: 

“Una tecnología nueva: el desarrollo, del siglo XVIII al XIX, de un verdadero conjunto de procedimientos para dividir zonas, controlar, medir, encauzar a los individuos y hacerlos "dóciles y útiles". Vigilancia, ejercicios, maniobras, calificaciones, rangos y lugares, clasificaciones, exámenes, registros, una manera de someter los cuerpos, de dominar las multiplicidades humanas y de manipular sus fuerzas se ha desarrollado en el curso de los siglos clásicos, en los hospitales, en el ejército, las escuelas, los colegios o los talleres: la disciplina. El siglo XIX inventó, sin duda, las libertades; pero les dio un subsuelo profundo y sólido -la sociedad disciplinaria de la que seguimos dependiendo [...].”
  
Lanzaba, además, una advertencia: la ampliación del dispositivo de vigilancia panóptica a toda la sociedad supondría una pérdida de libertad y un acercamiento peligroso a las sociedades autocráticas y dictatoriales. La implantación no tendría por qué ser desde el punto de vista arquitectónico. Bastaría, argumentaba Foucault, con encontrar la manera en la que instalar esa maquinaria que permite disociar el binomio ver-ser visto

“Son las sociedades de mercado anglosajonas, las que más se vanaglorian de sus libertades, las que han ido más lejos en estas direcciones orwellianas”, apostilla Judt.
  
Hoy en día hemos llegado a un punto en el que somos algo más que esclavos de esta tecnología. Internet, y sobre todo Google, ha contribuido de forma radical a este efecto. Cualquiera que se haya interesado por conocer –o directamente por borrar- los datos que la empresa americana almacena de nosotros, mediante la memoria de nuestros clics, habrá cerrado el navegador asombrado por los perfiles –no autorizados- que obtiene la empresa de sus usuarios con el fin –dice- de crear una publicidad a medida que cause menos incomodidad para el propio usuario. 

En la miniserie Black Mirror –altamente recomendable-, Charlie Brooker nos muestra una sociedad monitorizada hasta los límites más incoherentes, en la que los individuos, mero instrumento de enriquecimiento y entretenimiento, son constantemente controlados y dirigidos por la publicidad y la tecnología –o el mal uso de ella-. Brooker ironiza, incluso hiperboliza algunos aspectos de la sociedad actual, con el fin de alertar de los peligros a los que nos estamos dejando arrastrar sin hacer nada. 

Internet, los circuitos cerrados de videovigilancia, los programas de reconocimiento facial, control y diseño de perfiles individualizados según el historial de internet o el correo electrónico… es lo que ya se conoce como el nuevo panoptismo y se ha convertido en el nuevo método de control ciudadano, que convierte a las sociedades democráticas en algo así como democracias autoritarias. Algo que hace medio siglo sonaba a pura distopía. 

Londres es sólo un ejemplo, en países como Méjico o Francia ya se están llevando a cabo mecánicas similares. 1984 es 2012. Google es el Gran Hermano. Winston puede ser ya cualquier ciudadano. Libertad es esclavitud. Big Brother is watching you.


Artículos y noticias sobre el tema:

16 mayo 2012

Inmortalizar la realidad

El turista pasa media vida disparando fotografías y la otra media viéndolas. Hace unas semanas, Vicente Verdú escribió en su columna habitual del diario El País, una columna titulada La foto que todo lo ve, en la que hablaba de la manía de fotografiar absolutamente todo sin tregua.

La irrupción de la fotografía digital ha eliminado esa barrera antigua que propiciaba el carrete. La película fotográfica permitía 24 o, a lo sumo, 36 disparos, antes de agotarse. El fotógrafo tenía entonces una especie de responsabilidad a la hora de apretar el botón e inmortalizar un momento. Las opciones eran limitadas. Como hemos visto en la última década, las cámaras digitales, los dispositivos de almacenamiento masivo (que incluso se pueden llevar ya en el bolsillo) y la tecnología fotográfica permiten hacer y deshacer al fotógrafo hasta conseguir la toma que desee, sin ningún margen de error. 

Escribía Verdú en su columna que gracias a esta práctica simplifica la realidad. Yo me permito el lujo de añadir que, además de simplificarla, lo que hace es convertirla en un objeto de fondo de cajón. Salimos de viaje y llegamos a casa de vuelta con millares de fotografías del Big Ben, la Torre Eiffel o el Empire State. Probablemente, muchos de los turistas no vuelvan a ver sus fotografías nunca más, después de los típicos retoques de Photoshop y la subida masiva a redes sociales. Si acaso, una o dos veces en las que la nostalgia por determinada ciudad, o momento vivido allí, nos apriete y decidamos recrearlo a partir de alguna imagen. De esta forma, la realidad se convierte en un objeto de fondo de cajón en nuestras fotografías. 

"De este modo tratamos de eternizar nuestra vida al precio de poseerla simplificada en un almacén virtual", dice el filósofo. Sustituímos el placer de ver con los ojos por el la necesidad de poseer para siempre el instante. Personalmente, creo, y espero que así sea, que las dos posibilidades sean compaginables. Es lo que me gusta hacer a mí. Veo, disfruto, me detengo un rato a percibir la realidad, antes, o después, de que mi alma de fotógrafo frustrado se lance a inmortalizarla. 

La realidad de las ciudades cambia en el momento en el que dejamos de percibirla íntegramente con los ojos y empezamos a hacerlo, parcial o totalmente, a través de una pantalla. Las imágenes se convierten en encuadres, la fotografía se devalúa como disciplina y los monumentos, parques o recovecos de las ciudades pasan a ser un ejército de fotografías exactamente iguales que se alinean en el cajón de un disco duro, exactamente iguales a las que tendrá el vecino cuando viaje a la misma ciudad. 

Mientras tanto la realidad sigue ahí, esperando a que la descubramos e, incluso, a que la inmortalicemos, con o sin una cámara. Y merece la pena hacerlo

13 mayo 2012

Necesidad de separar

Muchas veces he escuchado sobre Federico García Lorca: “Ese es un maricón. Yo no lo leo.” Y no precisamente con gente demasiado radical. Pues sí, Lorca, que ahora entra de lleno al plano de la actualidad cultural por la carta que escribió a su amante, era homosexual. ¿Y qué? 

¿Importa la orientación, tanto sexual como política o de otra índole, a la hora de leer una obra o disfrutar del Arte? 

Federico García Lorca
Lorca era homosexual, sí. También Céline era un filonazi antisemita y un gran ejemplo del perfecto hijo de puta, pero su obra literaria es soberbia. Se dice que Charles Bukowski era un mujeriego que no quería a las mujeres salvo para desahogar su pulsión sexual y poco más. Son multitud de artistas que han sido criticados, e incluso ninguneados absolutamente, por su ideología o sus gustos personales. 

Hay que diferenciar al artista y el Arte de la persona y lo estrictamente personal. Es necesario. Por el bien de todos y, sobre todo, por el bien de nuestro propio conocimiento. Mario Vargas Llosa escribió hace un año, en El País, un artículo al respecto, con motivo del homenaje negado a Céline en Francia por sus motivaciones racistas y filonazis, en el que abogaba por esta diferenciación. 

Dalí es criticado porque en la etapa franquista se quedó en España, al contrario de otros artistas, como Luis Buñuel (quien más le critica) o Pablo Picasso. ¿Es menos importante la obra de Camilo José Cela que la de Miguel Delibes si el que lee es de ideología más próxima a este último? ¿Y al revés? ¿Se disfruta menos de La colmena o de El camino según en qué lado de la línea nos situemos? 

Hay que separar al artista, al escritor, al creador, de la persona. Es estrictamente necesario para entender la cultura

Louis-Ferdinand Céline
Si dejamos de leer a Louis-Ferdinand Céline y le ninguneamos sólo por su personalidad, detestable, obviando su obra, excelsa; estaremos renunciando a una gran parte de la Literatura francesa del siglo XX. Sólo pensar en no leer Viaje al fin de la noche por eso, debería causar remordimientos a cualquiera. 

Pensadlo un momento y decidme si no os parece así.

10 mayo 2012

La constante búsqueda de “el modelo”

La piratería y las descargas levantan ampollas cada vez que saltan a la palestra. La compañía de seguridad en Internet, Envisional.com publica periódicamente un estudio sobre este tema. En su reporte de febrero, los datos más destacables fueron los siguientes: 1) aproximadamente el 23’76 % del material que se mueve en la red infringe derechos de autor, 2) con el método del torrent se comparte alrededor del 17’9 % de archivos, más del 60 % vulnerando derechos de autor, y 3) desde las plataformas cyberlockers (como la extinta Megaupload) se comparte el 7 % de contenidos de la red, en este caso más del 70 % es de carácter ilegítimo. 

Según el estudio citado, los contenidos más descargados son la pornografía (35’8 %) y las películas (35’2 %); la música quedaría lejos, con un 2’9 % y los libros, en una cifra casi imperceptible (0’2 %). 

Muchos lo achacan a la clásica expresión, utilizada tantas veces, de “la cultura del todo gratis”. Evidentemente, la persona que trabaja –y el creador también lo hace, aunque a veces creamos que no-, gusta de percibir unos ingresos en reconocimiento de su obra igual que el trabajador cuando se le ingresa su nómina, algo que nadie discute. Seguramente a él le dará igual que provengan del pago por contenidos, de la publicidad o de lo que sea, pero nadie trabaja por amor al Arte. 

Quizás la solución al problema de la piratería pase no por penalizar las descargas sistemáticamente, sino por regularizarlas y permitir un sistema que pueda obtener ingresos para sufragar el coste y colaborar con la remuneración del autor. La eterna búsqueda un modelo de explotación que beneficie a todos. 

Se podría hablar de contenidos gratuitos con publicidad para que el que no quiera pagar. El que no desee anuncios pagaría una cuota. Esto ya se ha empezado a aplicar, por ejemplo en la música, con ejemplos como Spotify (tal vez sea el motivo por el cual haya descendido el número de descargas), pero podría extenderse a otras disciplinas. 

La cultura tiene un valor, que hasta ayer se le había dado con el precio. Sin embargo, a partir de ahora, tal vez haya que cambiar esa idea y otorgar valor a la cultura (y a sus creadores) por nuevas vías. Y, quién sabe, si, además, este nuevo modelo no supondría un aumento en la cultura adquirida por los ciudadanos. Buena falta hace.