17 octubre 2013

La pistola de Walter White

[Spoilers, no leas si no has visto el final de Breaking Bad]


Decía Antón Chéjov, el mejor cuentista de todos los tiempos, que si en la primera escena de una narración aparece una pistola, ésta debe ser utilizada por algún personaje antes del final de la historia. Lo que viene a decir el autor es que todos los elementos que incluyamos en una narración deben tener relevancia. No podemos incluir un oso polar sin que al final cobre algún tipo de importancia mayor para la trama, por ejemplo. Es lo que se conoce como la regla de la pistola de Chejov.

Durante la quinta temporada de Breaking Bad nos hemos preguntado con quién usaría Walter White (o más bien Heisenberg) la ricina que recogía en el flashforward del 5x09 –que ya había tenido alguna relevancia con anterioridad– cuando visitaba su casa en ruinas. No concebíamos que aquella imagen tan explícita fuese a quedar huérfana de explicación. Gilligan no podía hacernos eso. Otra cosa hubiese sido que la ricina se hubiese mencionado de forma pasajera por alguno de los personajes, o que hubiese tenido una aparición esporádica como posible plan, etc; sin embargo, la imagen era clara: Walt había vuelto a su casa con la única finalidad de coger el veneno y, en cuanto lo hizo, volvió a marcharse dejando atrás aquel HEISENBERG pintado en la pared del salón con pintura amarilla.

Nunca supimos cómo había terminado la casa por lucir de esa manera, ni en qué momento habían empezado los skaters a patinar por la piscina vacía de los White. Eso no importaba nada, lo importante de aquel hogar, como dejó claro Gilligan en ese flashforward, sólo era la ricina. De ahí al final se especuló con los nombres de las posibles víctimas del envenenamiento. La pistola de Chéjov estaba cargada. No podía no disparar. ¿Para quién sería?

Se especulaba con Jesse, principal blanco, al parecer, de las tribulaciones del público. Se especuló también, y mucho, con Hank, debido a la batalla abierta que mantuvo con Walt durante toda la mitad final de la temporada. Skyler era otra de las posibles damnificadas, además de la favorita del público para morir envenenada (algo que nunca terminé de explicarme). Todd y uncle Jack, los abominables neonazis con los que primero hace tratos Mr. White para después acabar enemistado a muerte con ellos, también ganaban enteros como blancos de la ricina. 

Sin embargo, Vince Gilligan y sus guionistas (como se dirige a ellos en las entrevistas que he podido leer) no dejaban de darnos pistas e, incluso, ponernos en bandeja el destinatario final, sin que nosotros hiciésemos caso de lo que nos decían. ¿Cuántas veces hemos visto a Lydia Rodarte-Quayle pidiendo muy cuidadosamente ese té con stevia en la cafetería donde se encontraba con Todd? ¿Por qué tanto hincapié en mencionar la peculiaridad de la stevia? ¿Y los planos recurrentes a la taza, a la cuchara moviendo el líquido y mezclando el azúcar con él, que parecía que no decían nada? Todavía incluso antes de enterarnos de que ella era la destinataria de la ricina, Gilligan, sus guionistas o el director del episodio 5X16 (‘Felina’) juega con nosotros con un primerísimo primer plano de la stevia cayendo en la taza y la cuchara removiendo todo el contenido que iba a matar a Lydia, la loba con piel de cordero de esta quinta temporada. Fantástico. Quizás fuese el personaje que en menos quinielas entraba para ello.

Ya sabíamos que la pistola iba a ser disparada, sólo nos quedaba saber quién recibiría el balazo. Y contra todo pronóstico fue Lydia (the tattooed lady). Grande Breaking Bad hasta en los pequeños detalles.

17 septiembre 2013

'Southcliffe', el dolor comunitario

Un disparo. Dos disparos. Hasta tres disparos se pierden entre la niebla del pequeño pueblo de Southcliffe. El ruido de las gaviotas huyendo ante el estruendo da paso a un silencio opaco y angustioso sólo roto por la voz quebrada de un periodista, David Whitehead, que comienza a hablar en la tele.

“Provengo de este sitio. Una tranquila y pequeña ciudad comercial inglesa. La gente no comete masacres en una ciudad como esta. Una comunidad unida que respeta las leyes. Almas sin complicaciones... buena gente.”


Así comienza la última ficción británica que ha generado polémica. De título Southcliffe, como el propio pueblo. Southcliffe porque, de hecho, es el pueblo lo que importa. La comunidad. 

Ya desde el minuto uno de la serie (compuesta por cuatro capítulos de 45 a 50 minutos) sabemos quién es el autor de la matanza que acaba de suceder en el pueblo en el que no podían pasar esas cosas. Stephen Morton, un atormentado ex militar que cuida de su madre, enferma terminal, y que carga sobre su espalda la desconfianza y el vacío al que le someten los vecinos de su propio pueblo.

Stephen Morton, un hombre aparentemente normal que un buen día, tras ser humillado por otro “veterano” y su tío de aspecto macarra (recuerdo haber visto a este actor, Geoff Bell, haciendo el papel de un hooligan del Milwall, creo, en Green Street Hooligans) se lanza a la calle con una escopeta y decide matar a todo aquel que se cruce en su camino antes de suicidarse (aparentemente) durante su huida de la policía. 

La investigación en Southcliffe es nula. No existe. Ya sabemos quién lo ha hecho, no necesitamos llevar a cabo los pasos necesarios para dar con él. Ni siquiera necesitamos conocerle. Nada de eso es lo que articula la serie. Si apuramos, ni el asesino es el auténtico centro de la trama. Quizás sea esa la premisa que convierte a Southcliffe en la revelación que ha sido y sigue siendo: centrar los esfuerzos narrativos en las consecuencias –si acaso, por momentos, en las causas– de la matanza que ha tenido lugar en el pueblo. 

Porque si de algo habla Southcliffe no es de asesinatos, ni de matanzas, ni de la propia muerte; la serie narra, y de qué manera, el dolor, la pérdida y la ausencia que sufre la comunidad. Porque en esta serie el dolor no es de una familia (como en el caso de Broadchurch), sino que vemos, incluso llegamos a experimentar en nuestra piel, el dolor que sufre toda la comunidad. Todos los vecinos son salpicados de alguna manera por la tragedia y lo que hacemos es asimilar su desgarro, experimentar su angustia y su tristeza, empaparnos del vacío de su ausencia. Porque todo en esta serie es comunitario. Tal vez incluso la responsabilidad, como sugieren en una escena el periodista David Whitehead y mi socio Jorge en su análisis en OchoQuince.

La serie es tan demoledora como nunca antes lo había sido otra. Lejos queda la idea de que la televisión es un lugar para evadirse del mundo exterior. Nada de eso. En Southcliffe ocurre exactamente lo contrario. Desde el minuto uno del piloto pasamos a formar parte de la comunidad y vivimos en nuestras propias carnes lo que experimentan esos vecinos desolados (mención especial, especialísima, al personaje de Claire y la interpretación de Shirley Henderson). Cada personaje experimenta y suple la ausencia de una forma distinta –podemos comprobarlo en el capítulo de flashforward en el que vemos el pueblo un año después del suceso–: unos se lían a tiros contra los árboles en un bosque, otros deciden continuar con la vocación o los trabajos de sus propios hijos para tapar su vacío, otros optan por el suicidio…


Southcliffe es la perfecta representación de una herida abierta. De una cicatriz imposible de olvidar –similar a la que descubrimos que el periodista guarda de su infancia en el pueblo-, que perdurará aunque pasen los años, las décadas. Una herida abierta y sangrante que se convertirá en la imagen grabada en la retina de los habitantes del pueblo y del espectador, convertido instantáneamente en uno de ellos.

Si a este planteamiento, tan novedoso como efectivo, le añadimos un tratamiento fotográfico tan lúgubre como exquisito (las imágenes del pueblo despertando entre la niebla tras la tragedia son sublimes), así como un acompañamiento musical y sonoro dignos de Emmy (la escena a la que escolta la voz de Ottis Redding [1x03] es memorable), el resultado es una producción soberbia que, otra vez, volverá a hacernos repetir eso de “malditos británicos, qué bien saben lo que hacen”.

04 junio 2013

La épica del perdedor

Escribía Gay Talese que “el deporte trata de gente que pierde, vuelve a perder y pierde una vez más. Se pierden encuentros, después se pierde el trabajo. Puede resultar muy intrigante”. Yo añadiría, si es que se puede añadir algo al maestro, que no sólo el deporte, que la vida también es eso. La figura del perdedor es, tal vez, la más interesante en todas las disciplinas. En la derrota conocemos verdaderamente la naturaleza de una persona. Ganar es fácil cuando estás acostumbrado a hacerlo. Y dicen que a perder no te acostumbras, pero eso es una gran mentira que han inventado los que ganan. 

Yo soy muy de los perdedores. Siempre lo he sido; me he sentido identificado con ellos desde que tengo uso de razón. No sé muy bien por qué, pero es así. Quizá tenga algo que ver que, desde pequeño, he sido del Rayo Vallecano, con lo que estoy bastante habituado a perder y ya ha dejado de importarme en cierto modo. 

Escribo estas líneas en unos días en los que se habla mucho del concepto de “saber perder”. Y se habla de ello, fundamentalmente, por dos razones, por dos finales en las que los derrotados han dado una imagen muy distinta el uno del otro. La primera, hace justo diez días, fue entre el Real Madrid, eterno ganador, y el Atlético de Madrid, eterno perdedor, sobre todo en lo que a derbis se refiere. El ganador y el perdedor se medían en la Copa del Rey. El favorito, evidentemente, era el mastodóntico Real, pero finalmente la balanza se inclinó a favor del Atleti, que después de catorce años de bromas, risas y menosprecios, por fin volvía a ganar a su eterno rival. Y lo hacía de la mejor forma posible, con un título en juego y en el estadio del enemigo. Una conquista inolvidable. El problema viene dado por la actitud del Real Madrid, en este caso el perdedor, en la derrota, con algunas de sus figuras menospreciando la competición y al rival. No acostumbrados a perder, algunos no han sabido digerir que no siempre se gana. Lo mismo que el público. El estadio, cuando el Atleti recogía la Copa, lucía semivacío; sólo quedaban allí los seguidores rojiblancos, de los vikingos ya no había ni rastro. 

El otro ejemplo es mucho más reciente, sólo hace dos días, con la final de Champions en juego entre el Bayern Munich y el Borussia Dortmund. En este caso, el favorito sí resultó vencedor, y el equipo al que todos consideraban perdedor, efectivamente, fue derrotado. Y lo hizo de una manera cruel y sádica, en el último minuto, con un gol anémico, que entró lento, quejumbroso. Un gol que bien podría ser una metáfora del holandés errante, condenado a navegar eternamente, hasta perderse entre los goles menos bellos de la historia. Un gol que nunca pareció querer entrar, como si no quisiese asestar ese golpe definitivo al más pequeño, que había presentado batalla durante todo el encuentro. Pero, quizás movida por la inercia del leve empujón, la pelota entró y al final el ganador vencía al perdedor, que se quedaba a las puertas del triunfo. En este punto es en el que las dos historias confluyen y a la vez divergen. El Borussia Dortmund, que acababa de perder de la peor forma posible, permanecía impertérrito viendo como su rival celebraba la consecución del título por el que ellos habían peleado, resultando derrotados. Ni uno sólo se marchó al vestuario, nadie abandonó el césped. Por su parte, la afición alzaba sus bufandas al viento y cantaba hasta hacer llorar a sus propios jugadores, que, agradecidos, no paraban de mirar con ojos llorosos a esa grada con treinta y cinco mil perdedores orgullosos. Precioso ejemplo de elegancia en la derrota. 

Jugadores del Borussia Dortmund tras perder la final de Champions en Wembley. © Getty Images.
Desde el domingo vengo pensando que la diferencia a la hora de aceptar la derrota viene dada por la condición de favorito (o no) del equipo perdedor. El Real Madrid lo era desde el principio, el Borussia Dortmund no lo fue nunca. Creo que la clave puede estar ahí. En la aceptación de tu condición de inferior respecto al rival, lo que no quiere decir que no se presente batalla, ojo. El Dortmund lo hizo, y de qué manera. 

Como decía antes, siempre me he considerado más cerca de los perdedores que de los ganadores. Puede que sea por mi afición desde pequeño al equipo pequeño, por mi pasión por el Rayo, acostumbrado a perder. Por mi aceptación de que pasármelo bien en el estadio no significa ganar a toda costa. Existen otras cosas. Pero, eso sí, cuando estás tan resignado a perder, y ganas, la sensación no es comparable. Es la épica del perdedor. 

Hace unas semanas, en Inglaterra, en el mismo escenario que el Bayern le ganaba la Champions al Dortmund –el mítico Wembley–, se enfrentaban el coloso Manchester City y el diminuto Wigan Athletic, con la FA Cup en juego. Todo hacía presagiar una victoria cómoda para los citizens, pero con el paso de los minutos, el Wigan vio cómo su Goliat no asestaba el golpe y se vino arriba. Finalmente, el pequeño ganó y se llevó el primer trofeo en su historia. Otra vez la épica del perdedor dejaba una impronta preciosa. Un escenario inmenso, un rival excelso y un vencedor tan pequeño que desde el club se vieron obligados a devolver casi la mitad de las entradas para la final porque le sobraban. Así de claro y de rotundo. El número de entradas disponibles para ellos sobrepasaba con creces al número de aficionados del equipo. Por eso me alegré de su victoria casi como si de una mía se tratase, y creo que no fui el único al que le ocurrió. 

Dicen que el deporte, como la vida, está lleno de perdedores. Estoy de acuerdo. En la inmensidad del mundo es más fácil ser uno de ellos que un ganador. Esa gloria está reservada para unos pocos, y yo, si me dejan elegir, no quiero ser de ellos. Porque nada es equiparable al sentimiento que embriaga al perdedor cuando, por fin, de una vez por todas, gana. Nada es comparable a la victoria del pequeño. Para mí, nada igualará nunca, deportivamente hablando, la salvación del Rayo en el último minuto en 2012, cuando ya estaba barruntando la idea de volver a ver partidos de Segunda División. Nada podrá hacer olvidar esos diez segundos de locura, en los que aún no recuerdo qué hice y cómo acabé cinco filas más debajo del lugar que me correspondía. Es la felicidad del pequeño, tan breve que nadie puede robársela nunca. La gloria del perdedor, que en seguida le corresponderá, por norma general, otra vez, al gigante. Porque de cada cien peleas Goliat habría ganado noventa y nueve. Prefiero esa breve felicidad, ese suspiro que embriaga al perdedor cuando gana algo, que la de los gigantes tan acostumbrados a vencer que ya ni le dan importancia. Porque para los triunfadores, como para Don Draper, “la felicidad sólo es el instante previo a necesitar más felicidad”. Y eso es insostenible. 

Gol de Tamudo que salvaba al Rayo en el minuto 93 de la última jornada en la Liga 2011/12.  © As.com

27 de mayo de 2013

27 mayo 2013

Agur, San Mamés

Que el fútbol cada vez se aleja más de la cultura popular para convertirse en espectáculo de masas es más que patente. No creo que nadie tenga dudas de que esto es así. El fútbol moderno, el fútbol negocio, el fútbol en el que lo que menos importa es el fútbol. 

Nunca he visitado San Mamés y es algo de lo que, seguramente, me arrepentiré como futbolero. Anoche mientras veía la ceremonia que tuvo lugar tras el último partido sólo pensaba que aquello era la certificación de que el fútbol moderno ha ganado. Mientras, un anciano, representante de tantas y tantas generaciones, aplaudía envuelto en lágrimas y en su bufanda rojiblanca. Cien años de historia se terminaban anoche. Aquella era la última vez que iban a salir de ver a 'su' Athletic en San Mamés.


"El Athletic lo necesita", "el cambio es más que necesario" y frases por el estilo han sido las más utilizadas este año con respecto al cambio de estadio. El nuevo estará justo al otro lado de la calle, de hecho compartirá uno de los fondos del antiguo San Mamés, el del mítico arco, pero no es la distancia lo malo, y sí el propio cierre del viejo estadio. Como cuando cierras la puerta de casa y la abandonas para ir a otra.

San Mamés ha sido el único estadio que ha visto todas sus temporadas la Primera División. Por lo que me cuentan quienes sí lo han visitado, allí se respira fútbol. Con el cierre se pierde sabor añejo, de fútbol de verdad, del de toda la vida. Porque, sí, señores, hubo una vez en que el fútbol fue popular, aunque ahora suene utópico.



 

19 marzo 2013

Bad, good, mad person

[Aviso: este artículo contiene spoilers de Homeland]

Probablemente, si has visto Homeland, ya hayas leído, o escuchado, o, incluso, rebatido con más o menos acierto, multitud de opiniones similares a la mía. Habrás leído miles de palabras sobre Carrie y Brody, sobre la contención y la ambigüedad que desprende él en pantalla, sobre la locura y la brillantez de ella. Habrás escuchado frases y frases sobre la frivolidad y la ambición de Jessica Brody, sobre la insulsez de sus hijos o sobre el pagafantismo del soldado Mike. Estoy seguro de que así es. 

Por eso no quiero hablar exclusivamente de todo esto, que ya está más que trillado, aunque es inevitable que termine por hacerlo; sin embargo, quiero hablar de la serie de Showtime desde mi propia experiencia y sensaciones con ella. 

Porque nada termina como empieza, ni nada empieza como después va a finalizar. Así es la propia existencia, que, como la energía, fluye. Y, como alguna mente brillante dijo –no sabemos en qué momento–, las apariencias engañan. ¡Y vaya si lo hacen! 


La realidad, en cuanto a mi experiencia, es que comencé a ver Homeland con cierto escepticismo. Es cierto que jugaba, teóricamente, con cierta ventaja. Tenía dos temporadas enteras para empacharme y degustarla, dos términos que, paradójicamente, no son incompatibles cuando hablamos de series. Mi recelo hacia la producción venía dado, fundamentalmente, por su temática. Nunca me han gustado en exceso las historias de espías, terroristas, o las moralinas sobre la guerra. Nunca hasta hace un tiempo, he de admitir. Desde entonces soy capaz de devorarlas sin ni siquiera plantearme ni una vez por qué lo hago. Supongo que, con los años, también nosotros cambiamos. 

Aún no soy capaz de decir con claridad cuál fue la primera impresión que me llevé de Homeland. Cuando vi el extenso piloto, que pese a durar alrededor de 90 minutos no se me hizo excesivamente largo, tuve que ponerme en situación y sentar las que iban a ser las piezas. Como si en un tablero de ajedrez se desarrollase, parecía que íbamos a tener dispuestas fichas blancas y negras. Posteriormente iba a comprender que en este caso eso no existía, que la partida era una especie de todos contra todos en la que ninguna parte iba a ganar o a perder totalmente. Nunca nadie lo hace. 

El planteamiento de la serie es esencial: el sargento Brody, que ha permanecido durante ocho años secuestrado en Iraq, es liberado y vuelve a los Estados Unidos como héroe de guerra. En ese preciso momento, una agente de la CIA, Carrie Mathison, es alertada de que un prisionero de guerra liberado ha sido convertido y planea un atentado contra su país. Sencillo y, por qué no, viable. 

A partir de entonces podemos ver la partida entre los que parecen dos equipos: el cercano a Brody y el afín a Carrie. Con el paso de los capítulos veremos que la partida no ha empezado en ese momento, si no que ya hay algunas piezas derribadas, y que, además, son piezas capitales. 

El primer personaje del que me armé una opinión fue Carrie, y la verdad es que no fue muy buena. Me agobiaba su obsesión con Brody, del que monitoriza su vida cual Gran Hermano. Mis sospechas sobre Carrie pronto se vendrían abajo y pasaría a ser, de largo, uno de mis personajes favoritos. Sus matices, sus pliegues emocionales, su situación personal y, sobre todo, su coraje cuando todo parece perdido para ella, me sedujeron de tal manera que mi juicio con ella iba a estar claramente condicionado para siempre. 

Fotograma de 'The weekend' (1x07)
Con Brody, en cambio, me pasó lo contrario: nunca tuve una opinión total sobre él. Su ambigüedad para con todo, incluida su familia, me hacía desconfiar de sus intenciones y sentimientos. Y mi desconfianza aumentaba con cada giro de su pasado en Iraq, del que los guionistas ocultaban partes de manera brillante, sometiéndolo a cambios constantes que hacían dudar al espectador. Brody tiene, a mi parecer, dos puntos de inflexión evidentes, uno en el pasado y otro en la actualidad. Siguiendo la cronología de la serie, el primero que vemos es el presente: el fin de semana que pasa con Carrie en el campo, cuando todo su mundo se está desmoronando. Es la primera vez que nos dejamos llevar por el personaje, que éste nos lleva hasta su terreno, igual que hace con la propia Carrie. El primer momento en el que parece tener sentimientos de verdad, pues ni siquiera en el reencuentro con su mujer, Jessica, aparenta ser feliz. Un periodo de redención. 

El segundo arco de inflexión ocurre en el pasado, en el periodo que el marine pasa retenido en Iraq, y modifica para siempre la mentalidad del sargento Brody, que nunca será el mismo que se marchó. Evidentemente hablo del ataque de los drones, ordenado por el vicepresidente, que se lleva por delante la vida de Issa, el hijo del terrorista Abu Nazir, al que Brody cuidaba y enseñaba inglés. Un niño, al fin y al cabo, víctima de una guerra que nunca llegará a entender. 

Ese es el momento en el que la serie nos enseña sus cartas definitivamente: no hay buenos totales, pero tampoco malos malísimos. ¿Se puede empatizar con el terrorista o, al menos, llegar a entender sus motivos? ¿No es terrorismo también el llevado a cabo por los denominados buenos? 

La empatía con el mal, que dicen muchos artículos. La empatía con el que nos han enseñado que es el mal, diría yo. Porque todo es, no sé si opinable, pero sí relativo. 

El argumento de la serie gira en torno a estas dos trenzas: ¿es Brody verdaderamente un terrorista? ¿Qué pasará con Carrie y él? Sabemos que Brody se ha convertido al Islam, sí, pero eso no significa nada en absoluto, él lo justifica la fe como el “clavo ardiendo” al que se aferró cuando creía que todo estaba perdido. Y, por otra parte, Carrie parece que va perdiendo poco a poco la cabeza por Brody, pero para contener su impulso está su “muro”, el agente Saul Berenson, uno de esos hombres con aura de buenas personas que la tiene como su protegida y cuida de ella casi como esa hija que, entendemos, nunca ha tenido. 


Saul Berenson, ese muro de carga que, a simple vista, pasa desapercibido, pero cuya ausencia provoca que todo se venga abajo como lo haría un castillo de naipes. Otro personaje singular, que muestra muchas arrugas; otro personaje que, por momentos, nos hace dudar de todo lo que habíamos creído a lo largo de la serie. Un personaje que es necesario, creo, reivindicar. 

No obstante, si hablamos de aquellos que podríamos incluir en esa categoría de “malos” –porque ya hemos dejado claro que ninguno lo es totalmente en Homeland-, no podemos dejar sin mención a David Estes y a Abu Nazir. El primero es uno de los hombres con poder en la CIA, un tipo ambiguo y con secretos, que parece interesado en desviar todas las sospechas de Carrie, y en boicotear todas las operaciones que solicita, más que en cualquier otra cosa relacionada con la agencia. El segundo, Abu Nazir, es el verdadero “villano”, el terrorista que planea todo desde la sombra. Un antagonista que acaba por no serlo tanto y que, como ya vimos anteriormente, tiene motivos suficientes para buscar la venganza contra el vicepresidente de los Estados Unidos. 

Con la segunda temporada llegan otros personajes, igual de indeterminados, oscuros, confusos, como la periodista Roya Hammad o el agente Peter Quinn, entre otros, que también nos hacen dudar de todo lo que hemos visto hasta ese momento. Pues si algo hace Homeland continuamente es sembrar dudas. El leitmotiv de esta serie se basa en la duda y en la sospecha. No terminarás la serie sin pensar sobre cada personaje, al menos una vez, “este es bueno”, “este es malo” o “este tío está loco”. Y sin retractarte de ello, al menos, otra.

13 marzo 2013

¿Por qué seguimos viendo ficción en la televisión?


"Los dioses se han marchado, nos queda la televisión."
Manuel Vázquez Montalbán


El otro día pensaba en la manera de ver televisión, cine o series, y en cómo ha cambiado en los últimos años. Es evidente que, desde la llegada de internet, la mayoría vemos las cosas cuando nos apetece y sin necesidad de esperar a la televisión. Este fenómeno, sobre todo, con las series. Antes esperábamos con ansia que cualquier cadena adquiriese los derechos de emisión de cualquier serie para poder disfrutar de ella. Eso ya quedó atrás con la libertad que da internet.

Sin embargo, y a pesar de esa libertad y de la posibilidad de hacer casi una televisión a la carta, la otra noche me sorprendí a mí mismo pensando: "Venga, apura y cena rápido, que empieza la serie." ¿Empieza la serie? ¿En la tele?

Pues sí, porque a pesar de que tengamos al alcance de la mano TODO y de una forma tan sencilla, en cuanto a televisión y cine se refiere -apartando por un momento temas de piratería, que no es la cuestión ahora-, aún nos seguimos emocionando/alegrando cuando vemos nuestra película favorita o una de nuestras series en la televisión. Me pregunto por qué ocurre esto. ¿Qué lo motiva?

Podemos ver las series en cualquier momento, a cualquier hora, eliminando incluso la publicidad -horrible inconveniente-; pero, a pesar de ello, a veces optamos por seguir pegándonos a la televisión. Hay quien dice que se debe a que antiguamente la televisión se erigía como el "centro social" de los hogares. Alrededor de ella se sentaba la familia, se hablaba o, simplemente, se pasaba un rato en compañía viendo nuestro programa favorito. Es interesante, aunque no sé muy bien qué pensar sobre esa afirmación.

Desde la llegada de los dispositivos portatiles, ese centro habrían pasado a ser estos, y no sólo hay uno, si no varios en cada casa. Algunas voces opinan que esa nostalgia de la televisión no es otra cosa que un intento de estirar el comportamiento social en familia: una especie de recordatorio de que, antes, alrededor de la tele se unían los hogares. Aunque, leyendo la siguiente frase, vemos que el dibujante Mingote no opinaba lo mismo cuando aseguraba: "La televisión ha acabado con el cine, el teatro, las tertulias y la lectura. Ahora tantos canales terminan con la unidad familiar."

¿Tú qué opinas?

Familia viendo la televisión reunida en North Carolina. Ed Clark / Getty Images, 1958