08 agosto 2014

'Mil veces buenas noches', los epicentros del conflicto

Crítica publicada en Esencia Cine


“La guerra es capaz de sacar lo peor y lo mejor del ser humano”. La frase en cuestión se la escuché en una conferencia a un reportero de guerra ya retirado. Argumentaba que, en tiempos de conflicto, cuando sabes que cualquiera puede ser el último día, aparcas a un lado los pequeños problemas y las diferencias con los tuyos para vivir cada día y exprimirlo al máximo. Además, poco después dejaba claro que nunca, ni una sola vez, se había arrepentido de haber elegido ese trabajo.

En la vida se acometen sacrificios, a veces por trabajo, otras por amor, por pasión, la familia o por cualquier cosa que se nos ocurra. En Mil veces buenas noches, Juliette Binoche da vida a una fotógrafa de conflictos que sacrifica parte de su relación familiar para llevar a cabo su labor, que es a su vez su gran pasión. Mientras, en su casa de la apacible Noruega, su marido (Nikolaj Coster-Waldau) y sus hijas conviven con la incertidumbre y tratan de conjugar la vida y la muerte como pueden. Cuando ella sufra un accidente en uno de sus trabajos, la familia la situará en una encrucijada: elegir o el trabajo o la familia. 

Erik Poppe invierte la repartición más tradicional de los roles, situando a la mujer fuera de casa y al hombre como agente expectante a la llegada. El cineasta reconoce en su cinta la perseverancia y el valor que adquiere la labor del fotoperiodista, sin dejar de lado el egoísmo propio del mismo. El noruego consigue efectuar un retrato interesante de los pliegues morales y psicológicos de los profesionales de conflictos gracias a una inmensa Juliette Binoche.


El binomio trabajo-familia está bien explotado por dos actores que aguantan bien las cargas emocionales. Los lapsos a cámara lenta y los planos de paisajes, junto a algunos tramos más líricos (el rezo de las mujeres en la tumba, por ejemplo), en seguida dan paso a los primeros planos, que buscan la reacción, el gesto mínimo y el sentimiento en el rostro de los personajes. Binoche brilla en estos momentos y reposa todo el peso de la historia sin apenas desgaste. Pocas actrices aguantan los primeros planos al rostro como lo hace ella (ya lo hizo patente en Camille Claudel 1915, uno de sus últimos trabajos). 

Pese a un par de giros finales muy manidos y demasiado bienintencionados (el discurso de la niña, el giro último), la película se sostiene bien gracias a esa alternativa constante que cruza la línea entre lo familiar y lo profesional. La cinta de Poppe es una firme ida y vuelta a través de los límites del fotoperiodismo, que tensa hasta el límite el hilo en lo familiar y, además, aporta una reflexión interesante sobre la importancia de reporterismo en aquellos conflictos de los que nadie habla. 

Nadie dudará a estas alturas de que Binoche es capaz de levantar un film con su sola presencia en la pantalla. Lo hemos visto en muchas ocasiones. No es el caso, en Mil veces buenas noches hay más que eso, pero su capacidad para interpretar y ponerse en la piel de todo tipo de personajes aporta el plus definitivo en una obra que enfrenta lo personal a lo profesional; que nos sitúa en el epicentro de los conflictos, tanto a gran escala (las guerras) como a pequeña (los domésticos).

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