29 septiembre 2015

Los anhelos de Alemania

Pieza publicada en Neupic

El tiempo, las cicatrices, la Historia y la Intrahistoria en ‘Heimat – La otra tierra’




El aspecto estructural de Heimat - La otra tierra (Die Andere Heimat – Chronik einer Sehnsucht, Edgar Reitz, Alemania, 2013) rememora las novelas familiares, de saga generacional, del tiempo en el que se circunscribe su trama. El novelista, en este caso cineasta, transporta a sus personajes hasta mediados del siglo...

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25 septiembre 2015

'De chica en chica', una reunión bomba

Crítica publicada en Esencia Cine


Uno podría estar durante horas mirando a María Botto actuar en cualquiera de sus trabajos. O a Celia Freijeiro. Y a Sandra Collantes. Y da la impresión de que Sonia Sebastián siente exactamente lo mismo. Por eso, quizás, sus trabajos, tanto los tres cortos anteriores como su primer largometraje, este De chica en chica, reluzcan principalmente gracias a las interpretaciones y a la focalización de la acción en torno a sus actrices, siempre mujeres. Los argumentos no suelen ser historias excesivamente novedosas, en absoluto; en cambio, son ellas las que le dan cierto aire distintivo gracias a su presencia en pantalla. 

En los tres cortometrajes anteriores de la directora, la acción y el peso dramático recaían siempre en dos mujeres. El primero, Elisa Guzmán (2004), era protagonizado por Estefanía de los Santos e Isabel Ampudia; en Dos mujeres, un pájaro y una triste historia de amor (2010) brillaban Celia Freijeiro y Sandra Collantes; y en Papá se ha ido (2012), de nuevo era protagonista una luminosa Freijeiro, a la que esta vez acompañaba Eulàlia Ramón. Ahora, en De chica en chica, basada en la serie online Chica busca chica (2008) de Sonia Sebastián y Olga Iglesias, hay un salto. Y no solo en el metraje. La película apuesta claramente por el reparto coral, aunque la protagonista, o al menos el eje central de la historia, vuelve a ser la actriz fetiche de la directora, Celia Freijeiro.


Cuando vuelve tras un periodo en Miami, después de abandonar a su pareja en el día de su boda y huir, todo habrá cambiado para Inés, pero a la vez todo parecerá seguir igual por momentos. Sonia Sebastián establece un constante juego de enredos y reproches entre sus personajes, que se acercan y se alejan con el propósito y la cautela propia de aquel que sabe que ha errado en el pasado. La tensión existente entre todas estas mujeres, a las que se suman Ismael Martínez, Jaime Olías y Adrián Lastra, aunque con papeles circunstanciales para la trama central, es constante y silenciosa. Nunca parece estallar la bomba, aunque en cambio no dejan de sonar pequeñas explosiones.

De chica en chica funciona mejor cuanto más se aleja de la gracia forzada, del chiste impostado (la fiesta que sirve como excusa para reunir a todas), para retozar con la naturalidad que le aportan sus personajes (sus rencillas, sus conflictos laborales, sus celos, etc.). En definitiva, cuanto más se acerca a la realidad. Y precisamente lo hace gracias a la resolución de unas actrices que aguantan con elegancia tanto el primer plano como el discurrir de la conversación y el diálogo, que gobiernan la cinta. Y a un espacio único bien entendido que contribuye a generar la olla a presión en la que se mezclen los ingredientes.

El debut de Sonia Sebastián en el largo cinematográfico deja, además, interesantes apuntes. Sin centrarse exclusivamente en desarrollar estos mensajes, que muchas veces solo quedan apuntados superficialmente, la obra de la directora se permite ahondar en los nuevos modelos de familia sin ser categórica ni dogmática, simplemente mostrando que existen varias posibilidades. Lo mismo que ocurre con la sexualidad, en constante florecimiento a lo largo de la obra. El mensaje aquí sí parece más claro: ninguna opción es definitiva, al final somos personas en constante (in)definición.

De chica en chica se puede leer como un reflejo o extensión de French Women (Audrey Dana, Francia, 2014), aunque, por suerte, gracias a la mesura de su directora en momentos clave, esta corrige todos los fallos, que no eran pocos, de aquella.

'The D Train', lo innato de perder

Crítica publicada en Esencia Cine


La mayor derrota puede ser un triunfo. Sobre todo un triunfo mal entendido. En The D Train (Jarrad Paul y Andrew Mogel, Estados Unidos, 2015), la trama gira en torno a dos personajes que compartieron su época de instituto: un triunfador y un loser. Todo se activa cuando, veinte años después, el segundo trata de convencer al primero para que acuda a la reunión de antiguos alumnos que ha preparado, con el fin de cosechar una pequeña victoria de cara a sus compañeros y demostrar que ha cambiado algo desde aquella época. Su intención de conectar con el antiguo alumno popular le conducirá a una noche de desenfreno que, repentinamente, cambiará su vida.

Sin embargo, tras la capa de barniz en forma de comedia facilona –que The D Train no deja de ser en algunos tramos–, los directores esconden un rastro de amargura. El retrato del protagonista, Dan, no deja de ser en ningún momento la imagen de un solitario irremediable, un perdedor innato que no se conforma con su agradable vida familiar con mujer e hijos y necesita algo más, un pequeño empujón que le haga quererse a sí mismo. Figurar, en definitiva, en todo lugar posible para adquirir la relevancia que, frente al resto de personas, siempre le ha esquivado. Dan es como la figura del “blitz” que trajo la serie How I Met Your Mother (CBS, Craig Thomas y Carter Bays, 2005-2014), una persona que, por suerte ajena, siempre se pierde los acontecimientos especiales por estar en otra sala, por no haber estado en esa fiesta o por haber salido en el momento equivocado.


Pero cambiar esa corriente es muy difícil, por mucho que se intente, y la situación puede llegar a ser desesperante si se le da mucha importancia. Es lo que le ocurre al protagonista de The D Train, que hace todo lo posible por terminar siendo popular, poniendo en riesgo, incluso, a su entorno familiar y profesional. La película de Paul y Mogel adquiere en estos momentos cierto tono melodramático, acompañada de las notas musicales de Andrew Dost, que dotan de cierto aire tristón y amargo a la comedia. En cambio, el film juega con la diversidad tónica y, en seguida, estos momentos pasan de nuevo a la comedia algo gamberra protagonizada por la pareja formada por Jack Black y James Marsden. Los directores eligen filmar a los dos amigos como si fuesen una pareja de novios, con sus idas y venidas en la relación, lo que aporta un cierto cariz ridículo a la producción, en consonancia con los anhelos y los movimientos torpes que realiza el protagonista para llevar a cabo su misión. 

El equilibrio entre esa gama tonal lo hace posible la actitud camaleónico de Jack Black, idóneo para la mezcla de situaciones nostálgicas tanto como para los momentos de tristeza. Su capacidad frente a la cámara y su resistencia a lo rocambolesco le permiten dar vida a personajes excéntricos, algo que ya ha demostrado sobradamente de la mano de Richard Linklater, protagonizando obras como Escuela de Rock (2003) o la recientemente estrenada Bernie (2011), en la que el personaje guarda ciertos parecidos con este Dan. 

No obstante, el giro final empaña todo el trabajo anterior con una voz en off de tono moralista que se puede interpretar como un mensaje conservador y ciertamente conformista en torno al núcleo familiar y la renuncia a los pequeños triunfos más allá de la puerta del hogar. Sinceramente, quien esto firma prefiere quedarse con uno de los mensajes que vertebran todo el metraje anterior al giro. A veces no hay mayor triunfo que aprender de una derrota. Ni peor derrota que el triunfalismo mal digerido.

22 septiembre 2015

Canción triste de garage

Artículo publicado en Neupic

'Eden' y el retrato de los noventa a través de la música




Pocos podíamos imaginar que la música electrónica de los noventa guardase en su interior notas de blues. Pero Mia Hansen-Løve sí. La última película de la cineasta, Eden (Francia, 2014), está gobernada de principio a fin por un cierto aura de tristeza y nostalgia bien entendida y encauzada. La directora narra a...

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18 septiembre 2015

'El corredor del laberinto: Las pruebas', la Quemadura baldía

Crítica publicada en Esencia Cine


Lejos queda ya El Claro para los protagonistas de El corredor del laberinto: Las pruebas al inicio de la misma. Tras su abrupta salida de aquel espacio y el descubrimiento de que solo eran “carne de experimento”, los clarianos comienzan esta secuela llegando a una base en medio de La Quemadura. Lo que les espera allí no es mucho más alentador, pero será entonces cuando empiecen a vislumbrar los planes que la todopoderosa corporación CRUEL les tiene reservados.

Wes Ball se vuelve a apoyar en un reparto televisivo icónico, un atractivo más para el público joven, proveniente de la ficción de la pequeña pantalla de más renombre entre ese nicho. Están los mismos protagonistas que en la primera entrega: al Dylan O’Brien que vimos en Teen Wolf (MTV, 2011-?) le sigue acompañando el mismo séquito. A Kaya Scodelario (Skins; E4, 2007-2014) y Thomas Brodie-Sangster (Juego de tronos; HBO, 2011-?), que ya aparecieron en la anterior, se unen ahora Giancarlo Esposito (Breaking Bad; AMC, 2008-2014) y los dos actores de Juego de tronos Nathalie Emmanuel y Aidan Gillen. Un reparto que, sin duda, conquistará a los amantes de las series de televisión y al público más juvenil. 

Más allá de este condicionante, El corredor del laberinto: Las pruebas abandona la presión del espacio único para sumergirse en otro tipo de amenaza, la de La Quemadura, el desierto al que ha quedado reducida la gran ciudad tras la epidemia. Un vasto terreno por el que vagan los infectados, cuál zombis, en busca de personas sanas de las que nutrirse. La metáfora recuerda vagamente a La Tierra Baldía, el poema de T. S. Elliot, y a sus seres ni vivos ni muertos que vagan por lo que queda del mundo: “nunca hubiera yo creído que fueran tantos a los que la muerte se llevara”. La devastación del mundo exterior es total y para mostrarla, el director se sirve de un interesante diseño de producción que se recrea en las ruinas y los parajes angostos que ha “creado” el desierto.


Sin embargo, detrás del aparataje técnico, el guión esconde algunos problemas que conseguía evitar la primera entrega. Principalmente, la necesidad de sorprender casi a cada segundo, imprimiendo un ritmo tan vertiginoso que el espectador no puede reposar un giro cuando la historia ya está inmersa en el siguiente. Las traiciones se suceden, los cambios de parecer asolan a los protagonistas, la fractura se instaura en el centro de un grupo que camina, más bien huye desesperado, en busca de una respuesta. No obstante, entre giros y vaivenes, la historia escrita por T. S. Nowlin a partir de las novelas de James Dashner se permite introducir ciertas reflexiones, aunque muy superficiales, tanto sobre la resistencia, con un interesante punto de vista que por momentos rememora la lucha palestina, como sobre la ética biosanitaria, en torno a la que prácticamente gira toda la saga en lo más profundo de su esencia. 

Y así, a golpe de giro y cambio, la saga ha llegado al final de su segunda entrega. Sólo queda una, The Death Cure se espera para 2017. Y el cierre de esta The Scorch Trials ya ha establecido los bandos para esa batalla final.

'La cabeza alta', los enfants de la Patrie

Crítica publicada en Esencia Cine


Solo desde el chovinismo se entiende que La cabeza alta (La tête haute, Emmanuelle Bercot, Francia, 2015) inaugurase el pasado festival de Cannes. Y no porque sea una película horrible, sino por la seguridad de que tampoco es merecedora del honor de estar en un evento de tales características en detrimento de otras propuestas que no lo alcanzarían por tener esta su hueco ocupado.

Un prólogo en el que cautiva la puesta en escena, que anuncia quién va a ser el único protagonista del film de principio a fin, el niño, a través de primeros planos y de una focalización absoluta gracias a la colocación de la cámara a la altura de sus ojos, da paso a un salto temporal a través del que lo vemos diez años después, con quince, y delinquiendo por las calles de la banlieue junto a su madre (una Sara Forestier a la que su papel no le termina de ayudar).


Sin embargo, esa primera secuencia termina por ser un espejismo y Bercot nos adentra en la historia de un chico problemático –una de tantas– al que el sistema y su entorno tratan de “absorber” con el fin de que no se pierda en su propia situación desfavorable. La creación de Rod Paradot como protagonista es una sorpresa, y entre gritos y violencia, consigue que se le intuyan ciertos pliegues a su personaje. Por momentos se viene a la cabeza el personaje construido por Antoine-Olivier Pilon en Mommy (Xavier Dolan, Canadá, 2014). Todo ello a pesar de un guión demasiado bienintencionado, con una estructura excesivamente reiterativa –las constantes visitas a la jueza, Catherine Deneuve, se hacen cargantes– y saturado de giros perfectamente previsibles en forma de accidentes, embarazos, cárcel o la clásica relación entre funcionario y “alumno descarriado”.

La impostura en algunas decisiones y en varias líneas de guión de determinados personajes hace que la historia pierda fuerza y se diluya entre golpes, gritos y reacciones violentas que, como no podía ser de otra manera, solo consigue alejar la aparición de una chica. Y entonces, otro destello fugaz, otro tic de puesta en escena que demuestra que detrás de la dirección plana que maneja el grueso del metraje existe una firma. En mitad del film, Emmanuelle Bercot decide mostrar la primera señal de relajación alcanzada por el chico, como un clímax silencioso, con un simple gesto, un plano cerrado al puño que pasa lentamente de estar apretado a estar totalmente abierto. Junto al prólogo citado anteriormente, los dos únicos bosquejos de supuesta autoría del film.

Y entre tanto vuelve a ondear la bandera tricolor en el Palacio de Justicia. Francia siempre gana. Aun entre gritos, llantos y patadas, se agitan los vientos de la liberté, egalité et fraternité. Qué vivan los enfants de la Patrie