06 mayo 2012

El alarido

91 millones de euros escalofrían a cualquiera. 

Edvard Munch terminó de pintar en 1893 su cuadro más famoso, 'El grito'. En realidad, la pintura no es tal. Se trata de una serie de cuatro cuadros similares que el autor noruego trató de mejorar de una versión a otra. En la actualidad, las cuatro versiones están separadas. Dos de ellas se hallan en el Museo Munch, en Oslo, una tercera en la Galería Nacional de Oslo, mientras que la cuarta, la única que aún quedaba en manos privadas, las de Petter Olsen, hijo de un vecino de Munch, acaba de ser subastada por Sotheby's por la cifra escalofriante de 120 millones de dólares (aproximadamente 91 millones de euros).


Surgen muchas preguntas después de tomar nota de semejante barbaridad. Veanse, además de las típicas preguntas relacionadas con lo injusto del reparto de riqueza, otras se nos vienen a la cabeza en seguida. ¿Verdaderamente vale eso una obra de Arte? ¿Qué aporta al comprador una obra de Arte? ¿Existe la especulación en todos los tipos de Arte o sólo es cosa del Arte contemporáneo?

Si 'El Grito' vale o no los 91 millones no puede decirlo nadie. Hay algo irrefutable y es que el mercado es libre. Mientras haya un comprador que ponga los dólares, será él quien marque el precio. Lo que sí está claro es que desde la pasada semana, la obra de Munch se ha convertido en la más cara de la historia en subasta

Lo que una obra de Arte aporta al comprador es indescifrable; probablemente la motivación cambie de uno a otro, pero se pueden intuir en la puja razones de prestigio. El mecenazgo o la posesión de obras de Arte siempre ha supuesto un aumento de la reputación del poseedor o mecenas. Actualmente el mercado del Arte ofrece, además, a los millonarios una estabilidad que no ofrecen otros sectores. El dinero que invierten en Arte está más 'a salvo'. Es una de las razones por las que invertir en Arte está a la orden del día.

Sobre la especulación en el mercado del Arte mucho se ha escrito ya. En su última novela, El mapa y el territorio, Michel Houellebecq nos presenta a un artista que se desenvuelve dentro del circuito del Arte contemporáneo, que es prácticamente una burbuja igual a la inmobiliaria. El autor francés nos desnuda la vergonzante burbuja en la que están involucrados artistas, compradores, casa de subastas y todos los elementos que componen el mercado. 

Muchas son las voces que han opinado sobre esta venta. La mayoría de opiniones coinciden, a su manera, en una cosa. En los tiempos que corren, tan sólo escuchar estas cifras tan desorbitadas nos hace retemblar y buscar un apoyo. Es evidente que no le ocurre lo mismo a quien lo ha pagado, que compró el cuadro vía telefónica y no ha querido figurar; se habla de la familia real de Qatar como posible compradora.

En cualquier caso, sea quien sea el comprador, al que Sotheby's despidió con un I love you, 91 millones de euros escalofrían a cualquiera.

02 mayo 2012

¿Versión original o traducción?

El dilema está servido y siempre candente. Los que optan por el doblaje al español alegan comodidad, e incluso se permiten el "lujo", en ocasiones, de tachar de 'culturetas' a los que prefieren la versión original. En cambio, los que prefieren la versión original (subtitulada o no) lo justifican con la cantidad de matices interpretativos (para las pantallas) que se pierden en la voz de los actores, o lingüísticos (para los libros).

Partimos de la base de que lo ideal es imposible. En este sentido, lo maravilloso sería que pudiéramos ver la versión original y la entendiéramos igual que si se tratase de una serie rodada, o un libro escrito, en nuestro idioma nativo. Pero a la educación aún le queda mucho por avanzar en ese sentido. 

Por una parte, hablaremos de series. La mayoría de ficciones que nos llegan en la actualidad son de origen anglosajón -estadounidenses en su mayoría, aunque las británicas están adquiriendo una importancia primordial en los últimos años-. Es verdad que la lengua inglesa, al ser doblada al castellano, pierde matices y la interpretación de los actores queda reducida sólo a una de sus facetas, la corporal. La voz, los detalles como el tono, por ejemplo, se pierden en el limbo. A menudo cuando hemos visto una serie en versión original y después la vemos en formato doblado, no nos cuadra, nos parece otra producción distinta e, incluso, a veces nos hace gracia el cambio en los personajes. Es cierto que si todos viésemos las producciones en versión original, los actores de doblaje quedarían extintos. Supongo que esta opción no les hará demasiada gracia. En su defensa hay que reconocer que su trabajo es muy bueno y a aquel que opta por la versión doblada le ofrecen una producción perfectamente adaptada al idioma de doblaje. 

Actriz de doblaje trabajando en el estudio
En otro ámbito, como la Literatura, sin embargo, sí percibimos un problema. Nada tiene que ver la lectura de Dickens o Shakespeare en su lengua original con la que podemos hacer gracias a las traducciones. Las palabras que existen en un idioma pierden matices, cambian de significado o directamente no existen en otra lengua. Esto suele quedar claro en las aclaraciones del traductor a pie de página, pero en el texto propio del autor algo cambia respecto al original

Por no hablar de las prácticas de traducción que se han venido realizando hasta hace unos años. Cuando se trataba de lenguas mayoritarias, como el inglés, no había ningún problema. Sin embargo, la cosa cambiaba cuando el original estaba en idiomas menos populares. Las traducciones tenían que hacerse, casi siempre, desde la versión inglesa (traducida previamente del original). La obra resultante, aunque en esencia era la misma, parecía casi más una interpretación o adaptación del original que una traducción en sí misma. 

Un ejemplo de esto es Solaris, la novela de Stanislaw Lem, una de las obras magnas de la ciencia ficción. El autor polaco publicó su obra por primera vez en 1961. El texto original estaba escrito en su lengua nativa, el polaco. Desde entonces, en España sólo se pudo leer la obra traducida desde la versión inglesa, nunca de la versión original, hasta el año 2011, año en el que la editorial Impedimenta publicó la primera traducción al español desde el polaco.

Es normal que, cuando hablamos de idiomas menos hablados, esto ocurra, aunque en la actualidad cada vez menos gracias a la inmigración y a las colaboraciones entre editoriales, grupos de comunicación y demás conglomerados. 

En España aún preferimos ver series traducidas que optar por la versión original. No nos atrevemos con el inglés. Ni jóvenes, ni mayores; todos prefieren esperar la versión doblada. Quizás tenga algo que ver nuestra situación paupérrima en cuanto al aprendizaje del inglés (somos el tercer país peor situado de Europa, según el Índice de Nivel EF-EPI, sólo por delante de Rusia y Turquía). El problema se podría solucionar con la educación en dos lenguas y con la asimilación de la lengua inglesa (la más hablada en el mundo) desde que somos niños.

Martin Amis
Aunque en los últimos meses pintan bastos en la partida de la educación, disfrutar de Orwell, Charles Dickens, Martin Amis o el gran Shakespeare en su lengua madre, merece la pena el esfuerzo de todas las partes. 

Mientras tanto, ¿con qué te quedas? ¿Versión original o traducción?

27 abril 2012

Abusar de "los mejores"

Portada de Babelia para el mejor libro de 2011
"Estamos ante la mejor novela del año". 

Cada año nos topamos con esta afirmación, o una similar, incontables veces. "La mejor novela de todos los tiempos", "la mejor película sobre el tema 'x'"... ¿Doce? ¿Quince? Sería muy difícil contar cuántas veces vemos esta expresión como gancho, en la cinta de las novelas más recientes o en los carteles de las películas de estreno en cines. 

El abuso de la expresión "los mejores" es bastante evidente, tanto que ya casi nos extraña que cada nueva obra que sale al mercado no sea anunciada bajo estos membretes. Si una exposición de Van Gogh no se anuncia como "la mejor retrospectiva del autor que se ha llevado a cabo" parece como si, a estas alturas, en pleno siglo XXI, no tuviese ningún valor

Sin embargo, ¿significa algo la expresión?

Lo cierto es que cada vez menos. La sobreexposición del ser humano a "lo mejor" es tal que ya ni siquiera nos sorprendemos, ni nos interesamos muchas veces, por algo que sea anunciado bajo esta característica. ¿Qué es lo mejor? ¿Quién tiene la potestad de decidirlo? ¿El marketing o la publicidad?

En los últimos meses he recibido varias novelas que -cómo no- se promocionaban de esta forma. La verdad es que me parecieron dos novelas de lo más normal. No eran malas, pero distaban mucho de ser las mejores que se habían escrito jamás. Sin embargo, supongo que alguien se sentiría atraído por ellas gracias a la frase en cuestión. 

Alguien que no supiera nada de nosotros y de repente se viese aquí por casualidad, podría llegar a concluir, al ver la abundancia de este tipo de mensajes, que nuestra sociedad pasa por su mejor momento cultural, cuando no hay nada más lejos de la realidad. No quiere decir que sea una de las peores épocas, ni siquiera tiene por qué ser mala; pero no tienen nada que envidiarle pasados como los de Orwell, de Hemingway o de Dickens, ni muchísimo menos. 

Javier Marías
Escribía Javier Marías un artículo hace unos meses, titulado 'Ojo, no tenemos otras', en el que alertaba del mal uso que hacemos de ciertas palabras en determinadas situaciones. Si abusamos del vocablo 'torturador' en cualquier situación y pierde su connotación, ¿qué pasará cuando verdaderamente nos enfrentemos ante un torturador? ¿Cómo lo referiremos? Eso es lo que viene a denunciar el escritor en su texto.

Me permito traer su interesante reflexión y aplicarla en este caso. Si cada año nos enfrentamos a, por lo menos, una decena de "mejores libros del año" o "mejores películas de todos los tiempos", ¿qué diremos cuando verdaderamente se escriba la nueva obra maestra de la Literatura que aún está por llegar?

23 abril 2012

El espejismo de los días del Libro

El 23 de abril de 1616 se daba un suceso extraño y, seguramente, único en la historia. En esa fecha fallecían tres personajes importantes para la Literatura: Inca Garcilaso de la Vega, Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Hecho insólito en el devenir de las letras universales. 

Es por ese motivo por el que se eligió esta fecha como Día del Libro. En la actualidad, cada 23 de abril, multitud de actos y ferias celebran esta conmemoración. Hoy, probablemente, es el día en el que los libreros vendan más. En el Día del Libro puedes preguntar a cualquiera si lee y la respuesta será afirmativa. Pero, ¿se corresponde el fervor del Día del Libro con lo que en realidad leemos?

Los resultados del Eurobarómetro de índices de lectura (2003) aseguraban que España, con un 39'6 %, se situaba a la cola de Europa, junto con Grecia (35'6 %) y Portugal (35,4 %) en cuanto a los hábitos de lectura. ¿Es un espejismo, por tanto, la compra de libros cada 23 de abril? Todo indica que sí.

España, tradicionalmente, ha sido siempre uno de los países en los que más se edita y menos se lee. Al contrario de otros países, en los que sucede lo contrario, como los escandinavos, que rozan el 70 % de lectores, o Alemania, con un índice del 50 %. En estos países se edita mucho menos, pero al contrario de lo que pasa aquí, se lee el doble. Esto desemboca en un sector editorial fuerte y de calidad, justo lo que echamos de menos en nuestro país. 

Por lo tanto, ya no vale comprar por comprar. ¿De qué nos sirve estar a la cabeza de la lista de compradores de libros si a la hora de la verdad no lo refrendamos estando también en el de lectura? Es importante leer. Además, si en estos tiempos en los que la economía no es, digamos, muy boyante, el libro es uno de los lujos de los que debemos privarnos, siempre quedan las bibliotecas públicas y gratuítas, al menos por el momento, siempre a disposición del lector.

Hoy quien no lee es porque no desea hacerlo. Y leer es una de las actividades más importantes, tanto para el individuo, como para la sociedad. Como dijo Miguel de Cervantes, recordado hoy, en una de sus grandes frases: "El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho."

Mientras tanto, feliz día del Libro. Y leed, por favor, leed.

20 abril 2012

La Literatura como protagonista

La meta-literatura sería, en definitiva, la literatura sobre literatura. La propia actividad literaria como elemento o personaje. En los últimos tiempos, no sé si por permanecer más atento o porque verdaderamente es así, he percibido un aumento de las obras en las que la literatura no es sólo el vehículo, si no también el objeto. 

Vila-Matas en su casa de Barcelona. Foto: Albert Gea
Siempre he escuchado que Vila-Matas es un escritor que se desenvuelve entre personajes literatos: un escritor para escritores, que se suele decir de él. Puede ser, no lo niego. Bartleby y compañía (Anagrama), Dublinesca (Seix Barral), son obras que tienen muy patente la figura del escritor. Hace poco leí su pequeña obra Perder teorías (Seix Barral), precisamente nacida de una digresión de su personaje en Dublinesca. Esta obra es una pequeña narración que tiene como fin, únicamente, la redacción de una teoría sobre la novela. Nada más. Pura meta-literatura. 

Sin embargo, no es la única obra en la que centraré este artículo. Son muchas las obras en las que la Literatura cobra un papel protagonista. Tenemos, en esta vertiente, al escritor Jesús Marchamalo, con sus dos últimos libros: Cortázar y los libros (Fórcola) y Donde se guardan los libros (Siruela). El primero no es más que un estudiado retrato del escritor vampiro a través de los libros que leía y las anotaciones que hacía en estos. Es, sin duda, una obra maravillosa e imprescindible, sobre todo si te gustan la Literatura y el autor argentino. Por su parte, el segundo libro se trata de una recopilación de artículos en los que el escritor acude a visitar las bibliotecas de otros escritores, tales como Mario Vargas Llosa, Luis Mateo Díez, Soledad Puértolas, Marías y Reverte o el propio Vila-Matas. Además de sus dos últimas publicaciones, el escritor ha publicado con anterioridad 39 escritores y medio, Las bibliotecas perdidas o Tocar los libros, del mismo corte y con gran éxito, incluso fuera de nuestras fronteras, o también novelas como La casa de palabras, también, como no podía ser de otra manera, con el lenguaje como tema central. Tal vez Marchamalo sea el escritor actual que mejor escriba sobre la Literatura

Jesús Marchamalo. Foto: Rtve.es

La editorial Impedimenta ha incorporado en su catálogo algunos títulos relacionados con la Literatura. Por ejemplo, Diccionario de literatura para esnobs (Fabrice Gaignault), que es una enciclopedia que engloba multitud de nombres de escritores, técnicas, clubs literarios o tertulias. Esta compilación no es otra cosa que un quién es quién literario con mucho sentido del humor, imprescindible para “los happy few amantes del namedropping, que se convertirá en un manual de obligada consulta”, según dice la contraportada de esta fabulosa obra. Otra de las meta-obras que Impedimenta dedica a los entresijos literarios es Trabajos forzados de Daria Galateria. Una exitosa recopilación de artículos sobre los otros trabajos de los grandes escritores. Un paseo por las profesiones ocultas de los literatos más reconocidos: Gorki, Bukowski, Orwell o Colette, entre otros. 

No son los únicos libros de lo que se englobarían en lo que a mí me gusta llamar género meta-literario. Recientemente, por poner algunos ejemplo más, el Premio Nobel turco Orhan Pamuk ha recopilado seis conferencias sobre el arte de la novela en su obra El novelista ingenuo y el sentimental. O Rosa Montero, que también nos cuenta sus vivencias con los libros en El amor de mi vida. Literatura sobre la Literatura. Está claro que es un tema atrayente y que a los escritores les llama bastante la atención. Si te interesa la Literatura es un tema muy atractivo también como lector. Y ningún amante de la Literatura puede evitar fabular sus propias teorías literarias.

17 abril 2012

El negro espejo de la sociedad tecnológica

[Aviso: este artículo puede contener spoilers]

La tecnología cada vez gana más terreno, eso es innegable. Pero… ¿es tan favorable como parece o usada de manera irresponsable puede llegar a convertirse en un grave peligro para la sociedad tal como la conocemos?

Esa es la pregunta que parece hacernos Black Mirror, la miniserie de Charlie Brooker, controvertido creador de Dead Set y columnista en The Guardian. Los tres capítulos de la serie ahondan en los peligros del mal uso del progreso, en una sociedad cada vez más adormecida y dominada por los avances tecnológicos y las redes sociales, que representa las sociedades hipertecnológicas en las que nos empezamos a adentrar en la actualidad.

En el primer capítulo, soberbia creación de ritmo frenético y espinosa trama; el primer ministro de Reino Unido ve perturbada la tranquilidad de la noche en el 10 de Downing Street, cuando le llega una llamada. El mensaje está en la red, concretamente en YouTube. Todo el mundo puede verlo. Y el ultimátum es claro y no deja lugar a dudas: “La princesa Susannahh ha sido secuestrada. Para su liberación lo único que tendrá que hacer el primer ministro es tener relaciones sexuales televisadas en directo con un cerdo, antes de que acabe el día.”

El video corre como la pólvora en las redes sociales y a partir de entonces, toda Inglaterra permanecerá colgada del televisor esperando una noticia sobre la princesa y siguiendo el acontecimiento con morbo, asco y fervor al mismo tiempo.

Es tan verosímil como aterrador. ¿Podría pasar algo así? ¿Nuestra sociedad es tan morbosa como la pinta Brooker? El capítulo es una obra maestra y el giro final –que llega en los créditos de cierre- es digno de aplauso y nos deja mascando una importante duda: ¿vale todo en las sociedades de hoy en día?

Fotograma del primer capítulo: The National Anthem
El segundo capítulo es una feroz crítica a los programas de televisión tipo Factor X o You’ve got talent. La vida está ampliamente virtualizada y consiste en pedalear en una especie de gimnasio oscuro hasta llegar al número de pedales necesario para entrar a concursar en el programa estrella, que todos siguen magnetizados.

El individuo está permanentemente vigilado y bombardeado con publicidad, que no puede dejar de ver. Ni siquiera es libre de cerrar los ojos o dejar de mirar, de lo contrario será penalizado y se le restarán pedaladas en “la máquina”. Las referencias al Gran Hermano de George Orwell son evidentes e, incluso, agobiantes. Las relaciones humanas que dibuja Brooker en este capítulo son volátiles, no pasan de conversaciones banales y carentes de contenido. El Ojo hace a las personas así: fáciles de manejar, volubles a su mensaje y su publicidad, ansiosas de entrar en ese programa que resultará no ser lo que parece.

Alusiones claras a nuestra sociedad, llevada al extremo gracias a la programación insulsa y facilona que llena la parrilla. El Gran Hermano, que obviamente no se llama así en la serie, recuerda al control indirecto y suave al que nos someten las empresas –Google, por ejemplo- en la red, siempre elevado a la máxima potencia, eso sí.

Y si hablamos del gigante buscador y su nuevo proyecto, las gafas de realidad virtual que presentó en un vídeo promocional en la red, llegamos sin querer a la temática tratada en el último capítulo. El panorama que nos pinta el creador aquí es el de una sociedad tecnológica en la que los seres humanos tienen incorporados unos microchips de memoria en sus cabezas, que les permiten almacenar sus recuerdos para después reproducirlos en cualquier pantalla vía mando a distancia.

A través de la relación de una pareja, el autor nos ofrece una visión pesimista de la raza humana, basada en los celos y la desconfianza, en la que cualquier persona pierde media vida reproduciendo la otra mitad en la pantalla, ya sea para recordar algo o para echarle en cara un comportamiento a otra persona.

El ritmo del capítulo es, como toda la serie, desconcertante. Las paradojas y las referencias a la sociedad en que vivimos son constantes. El mensaje queda impreso en la retina de cualquiera: las tecnologías pueden ser nefastas si se las da un mal uso. Hay que ser consecuentes y honrar nuestra racionalidad en esta sociedad cada vez más vaga y rendida al aumento de las máquinas y las comodidades que acarrean.

Bien es cierto que la visión es exagerada, pero la realidad es que, si nos detenemos y leemos entre líneas, no estamos tan lejos del Londres que retrata en el primer episodio, o de la sociedad panóptica, en la que la vigilancia es constante, que retrata en los dos posteriores y que ya predijo el propio Orwell en su obra 1984escrita hace más de medio siglo, en 1949. Cualquiera de los supuestos que presenta la serie podrían llegar a ocurrir en un futuro; no sería descabellado pensarlo.

El nombre de Black Mirror lo dice todo. El espejo negro de las pantallas está ahí. Podemos llegar a vernos de una manera o de otra, según el uso responsable o no que hagamos de él. La duda está sobre la mesa cuando terminamos de ver la miniserie de Channel 4.

¿Puede llegar a ocurrir esto en nuestra sociedad? ¿Es la visión de Brooker una visión hiperbólica de algo que no es tan grande? Es pronto para decirlo, pero la verosimilitud es tal que asusta. El espejo negro de nuestra sociedad ha quedado destapado. Ya podemos ver reflejado en el cristal de la pantalla lo que podríamos llegar a ser en un futuro no muy remoto.